Bram Stoker


con él os dejaré besarlo tanto como queráis. ¡Ahora idos, idos! Debo des-
pertarle porque hay trabajo que hacer.
-¿Es que no vamos a tener nada hoy por la noche? -preguntó una de
ellas, con una risa contenida, mientras señalaba hacia una bolsa que él había
tirado sobre el suelo y que se movía como si hubiese algo vivo allí.
Por toda respuesta, él hizo un movimiento de cabeza. Una de las
mujeres saltó hacia adelante y abrió la bolsa. Si mis oídos no me engañaron
se escuchó un suspiro y un lloriqueo como el de un niño de pecho. Las
mujeres rodearon la bolsa, mientras yo permanecía petrificado de miedo.
Pero al mirar otra vez ya habían desaparecido, y con ellas la horripilante
bolsa. No había ninguna puerta cerca de ellas, y no es posible que hayan
pasado sobre mí sin yo haberlo notado. Pareció que simplemente se desva-
necían en los rayos de la luz de la luna y salían por la ventana, pues yo
pude ver afuera las formas tenues de sus sombras, un momento antes de
que desaparecieran por completo.
Entonces el horror me sobrecogió, y me hundí en la inconsciencia.




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