Bram Stoker


dora; que seamos orgullosos; que cuando los magiares, los lombardos, los
avares, los búlgaros o los turcos se lanzaron por miles sobre nuestras
fronteras nosotros los hayamos rechazado? ¿Es extraño que cuando Arpad
y sus legiones se desparramaron por la patria húngara nos encontraran aquí
al llegar a la frontera; que el Honfoglalas se completara aquí? Y cuando la
inundación húngara se desplazó hacia el este, los escequelios fueron pro-
clamados parientes por los misteriosos magiares, y fue a nosotros durante
siglos que se nos confió la guardia de la frontera de Turquía. Hay más que
eso todavía, el interminable deber de la guardia de la frontera, pues como
dicen los turcos 'el agua duerme, y el enemigo vela'. ¿Quién más feliz que
nosotros entre las cuatro naciones recibió 'la espada ensangrentada', o cor-
rió más rápidamente al lado del rey cuando éste lanzaba su grito de guerra?
¿Cuándo fue redimida la gran vergüenza de la nación, la vergüenza de Cas-
sova, cuando las banderas de los valacos y de los magiares cayeron abati-
das bajo la creciente? ¿Quién fue sino uno de mi propia raza que bajo el
nombre de Voivode cruzó el Danubio y batió a los turcos en su propia
tierra? ¡Este era indudablemente un Drácula! ¿Quién fue aquel que a su
propio hermano indigno, cuando hubo caído, vendió su gente a los turcos
y trajo sobre ellos la vergüenza de la esclavitud? ¡No fue, pues, este
Drácula, quien inspiró a aquel otro de su raza que en edades posteriores
llevó una y otra vez a sus fuerzas sobre el gran río y dentro de Turquía;
que, cuando era derrotado regresaba una y otra vez, aunque tuviera que ir
solo al sangriento campo donde sus tropas estaban siendo mortalmente
destrozadas, porque sabía que sólo él podía garantizar el triunfo! Dicen
que él solo pensaba en él mismo. ¡Bah! ¿De qué sirven los campesinos sin
un jefe? ¿En qué termina una guerra que no tiene un cerebro y un corazón
que la dirija? Más todavía, cuando, después de la batalla de Mohacs, nos
sacudimos el yugo húngaro, nosotros los de sangre Drácula estábamos
entre sus dirigentes, pues nuestro espíritu no podía soportar que no fuése-
mos libres. Ah, joven amigo, los escequelios (y los Drácula como la sangre
de su corazón, su cerebro y sus espadas) pueden enorgullecerse de una
tradición que los retoños de los hongos como los Hapsburgo y los Roma-
noff nunca pueden alcanzar. Los días de guerra ya terminaron. La sangre
es una cosa demasiado preciosa en estos días de paz deshonorable; y las
glorias de las grandes razas son como un cuento que se narra."
Para aquel tiempo ya se estaba acercando la mañana, y nos fuimos a
acostar. (Rec., este diario parece tan horrible como el comienzo de las
"Noches Arabes", pues todo tiene que suspenderse al cantar el gallo -o
como el fantasma del padre de Hamlet.)



31

31