Bram Stoker


Nos miramos y nos dirigimos hacia el vestíbulo; todos estábamos prepara-
dos para usar todas las armas de que disponíamos..., las espirituales en la
mano izquierda y las materiales en la derecha. Van Helsing retiró el pestillo
y, manteniendo la puerta entornada, dio un paso hacia atrás, con las dos
manos dispuestas para entrar en acción. La alegría de nuestros corazones
debió reflejarse claramente en nuestros rostros cuando vimos cerca de la
puerta a lord Godalming y a Quincey Morris. Entraron rápidamente, y cer-
raron la puerta tras ellos, y el último de ellos dijo, al tiempo que avan-
zábamos todos por el vestíbulo:
-Todo está arreglado. Hemos encontrado las dos casas. ¡Había seis
cajas en cada una de ellas, y las hemos destruido todas!
-¿Las han destruido? -inquirió el profesor.
-¡Para él!
Guardamos silencio unos momentos y, luego, Quincey dijo:
-No nos queda más que esperar aquí. Sin embargo, si no llega antes
de las cinco de la tarde, tendremos que irnos, puesto que no podemos dejar
sola a la señora Harker después de la puesta del sol.
-Ya no tardará mucho en llegar aquí -dijo van Helsing, que había
estado consultando su librito de notas-. Nota bene. En el telegrama de la
señora Harker decía que había salido de Carfax hacia el sur, lo cual quiere
decir que tenía que cruzar el río y solamente podría hacerlo con la marea
baja, o sea, poco antes de la una. El hecho de que se haya dirigido hacia el
sur tiene cierto significado para nosotros. Todavía sospecha solamente, y
fue de Carfax al lugar en donde menos puede sospechar que pueda encon-
trar algún obstáculo. Deben haber estado ustedes en Bermondsey muy
poco rato antes que él. El hecho de que no haya llegado aquí todavía de-
muestra que fue antes a Mile End. En eso se tardará algún tiempo, puesto
que tendrá que volver a cruzar el río de algún modo. Créanme, amigos
míos, que ahora ya no tendremos que esperar mucho rato. Tenemos que
tener preparado algún plan de ataque, para que no desaprovechemos nin-
guna oportunidad. Ya no tenemos tiempo. ¡Tengan todos preparados las
armas! ¡Manténganse alerta!
Levantó una mano, a manera de advertencia, al tiempo que hablaba,
ya que todos pudimos oír claramente que una llave se introducía suave-
mente en la cerradura.
No pude menos que admirar, incluso en aquel momento, el modo
como un espíritu dominante se afirma a sí mismo. En todas nuestras parti-
das de caza y aventuras de diversa índole, en varias partes del mundo,
Quincey Morris había sido siempre el que disponía los planes de acción y
Arthur y yo nos acostumbramos a obedecerle de manera implícita. Ahora,

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