Drácula
fuerza cada vez que lo toco. Es divertido que una cosa a la cual me en-
señaron que debía ver con desagrado y como algo idolátrico pueda ser de
ayuda en tiempo de soledad y problemas. ¿Es que hay algo en la esencia
misma de la cosa, o es que es un medio, una ayuda tangible que evoca el
recuerdo de simpatías y consuelos? Puede ser que alguna vez deba exami-
nar este asunto y tratar de decirme acerca de él. Mientras tanto debo
averiguar todo lo que pueda sobre el conde Drácula, pues eso me puede
ayudar a comprender. Esta noche lo haré que hable sobre él mismo, volte-
ando la conversación en esa dirección. Sin embargo, debo ser muy cui-
dadoso para no despertar sus sospechas.
Medianoche. He tenido una larga conversación con el conde. Le
hice unas cuantas preguntas acerca de la historia de Transilvania, y él re-
spondió al tema en forma maravillosa. Al hablar de cosas y personas, y es-
pecialmente de batallas, habló como si hubiese estado presente en todas
ellas. Esto me lo explicó posteriormente diciendo que para un boyar el or-
gullo de su casa y su nombre es su propio orgullo, que la gloria de ellos es
su propia gloria, que el destino de ellos es su propio destino. Siempre que
habló de su casa se refería a ella diciendo "nosotros", y casi todo el tiempo
habló en plural, tal como hablan los reyes. Me gustaría poder escribir aquí
exactamente todo lo que él dijo, pues para mí resulta extremadamente fas-
cinante. Parecía estar ahí toda la historia del país. A medida que hablaba se
fue excitando, y se paseó por el cuarto tirando de sus grandes bigotes
blancos y sujetando todo lo que tenía en sus manos como si fuese a estru-
jarlo a pura fuerza. Dijo una cosa que trataré de describir lo más exacta-
mente posible que pueda; pues a su manera, en ella está narrada toda la
historia de su raza:
"Nosotros los escequelios tenemos derecho a estar orgullosos, pues
por nuestras venas circula la sangre de muchas razas bravías que pelearon
como pelean los leones por su señorío. Aquí, en el torbellino de las razas
europeas, la tribu ugric trajo desde Islandia el espíritu de lucha que Thor y
Wodin les habían dado, y cuyos bersequers demostraron tan clara e inten-
samente en las costas de Europa (¿qué digo?, y de Asia y de Africa tam-
bién) que la misma gente creyó que habían llegado los propios hombres-
lobos. Aquí también, cuando llegaron, encontraron a los hunos, cuya furia
guerrera había barrido la tierra como una llama viviente, de tal manera que
la gente moribunda creía que en sus venas corría la sangre de aquellas
brujas antiguas, quienes expulsadas de Seythia se acoplaron con los diablos
en el desierto. ¡Tontos, tontos! ¿Qué diablo o qué bruja ha sido alguna vez
tan grande como Atila, cuya sangre está en estas venas? -dijo, levantando
sus brazos-. ¿Puede ser extraño que nosotros seamos una raza conquista-
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