Bram Stoker


lo sepamos todo, ya que ahora, más que nunca, tenemos que llevar a cabo
todo el trabajo con rapidez y eficacia y con una urgencia mortal. Se acerca
el día en que debe terminarse todo, si es posible, y si tenemos la oportuni-
dad de poder vivir y aprender.
La pobre señora se estremeció violentamente y pude advertir la ten-
sión de sus nervios, abrazándose a su esposo con mayor fuerza y haciendo
que su cabeza descendiera todavía más sobre su pecho. Luego, levantó la
cabeza orgullosamente y tendió una mano que van Helsing tomó y, haci-
endo una reverencia, la besó respetuosamente y la conservó entre sus pro-
pias manos. La otra mano de la señora Harker estaba sujeta en una de las
de su esposo, que, con el otro brazo, rodeaba su talle protectoramente. Al
cabo de una pausa en la que estuvo obviamente ordenando sus
pensamientos, comenzó:
-Tomé la droga que usted, con tanta amabilidad, me entregó, pero
durante bastante tiempo no me hizo ningún efecto. Me pareció estar cada
vez más despierta, e infinidad de fantasmas comenzaron a poblar mi imagi-
nación... Todas ellas relativas a la muerte y a los vampiros, a la sangre, al
dolor y a la desesperación -su esposo gruñó involuntariamente, al tiempo
que ella se volvía hacia Jonathan y le decía amorosamente-: No te irrites,
cariño. Debes ser valeroso y fuerte, para ayudarme en esta terrible prueba.
Si supieras qué esfuerzo tan grande me cuesta simplemente hablar de este
asunto tan horrible, comprenderías lo mucho que necesito tu ayuda.
Bueno, comprendí que debía tratar de ayudar a la medicina para que
hiciera efecto, por medio de mi propia voluntad, si es que quería que me
sirviera de algo. Por consiguiente, resueltamente, me esforcé en dormir.
Estoy segura de que debí dormirme inmediatamente, puesto que no re-
cuerdo nada más. Jonathan, al entrar, no me despertó, puesto que mi re-
cuerdo siguiente es que estaba a mi lado. Había en la habitación la misma
niebla ligera que había visto antes. Pero no recuerdo si tienen ustedes
conocimiento de ello; encontrarán todo al respecto en mi diario, que les
mostraré más tarde. El mismo terror vago de la otra vez se apoderó de mí
y tuve el mismo sentimiento de que había alguien en la habitación. Me
volví para despertar a Jonathan, pero descubrí que dormía tan profunda-
mente, que más bien parecía que era él y no yo quien había tomado la
droga. Me esforcé todo lo que pude, pero no logré que despertara. Eso
hizo que me asustara mucho y miré en torno mío, aterrorizada. Entonces,
el corazón me dio un vuelco: al lado de la cama, como si hubiera surgido
de la niebla o mejor dicho, como si la niebla se hubiera transformado en él,
puesto que había desaparecido por completo, había un hombre alto y del-
gado, vestido de negro. Lo reconocí inmediatamente por la descripción

289

289