Bram Stoker
sobresaltó, pues me maravilló que no lo hubiera visto, ya que la imagen del
espejo cubría la totalidad del cuarto detrás de mí. Debido al sobresalto me
corté ligeramente, pero de momento no lo noté. Habiendo contestado al
saludo del conde, me volví al espejo para ver cómo me había equivocado.
Esta vez no podía haber ningún error, pues el hombre estaba cerca de mí y
yo podía verlo por sobre mi hombro. ¡pero no había ninguna imagen de él
en el espejo! Todo el cuarto detrás de mí estaba reflejado, pero no había en
él señal de ningún hombre, a excepción de mí mismo. Esto era sorpren-
dente, y, sumado a la gran cantidad de cosas raras que ya habían sucedido,
comenzó a incrementar ese vago sentimiento de inquietud que siempre
tengo cuando el conde está cerca. Pero en ese instante vi que la herida
había sangrado ligeramente y que un hilillo de sangre bajaba por mi men-
tón. Deposité la navaja de afeitar, y al hacerlo me di media vuelta buscando
un emplasto adhesivo. Cuando el conde vio mi cara, sus ojos relumbraron
con una especie de furia demoníaca, y repentinamente se lanzó sobre mi
garganta. Yo retrocedí y su mano tocó la cadena del rosario que sostenía el
crucifijo. Hizo un cambio instantáneo en él, pues la furia le pasó tan rápi-
damente que apenas podía yo creer que jamás la hubiera sentido.
-Tenga cuidado -dijo él-, tenga cuidado de no cortarse. Es más pe-
ligroso de lo que usted cree en este país -añadió, tomando el espejo de
afeitar-. Y esta maldita cosa es la que ha hecho el follón. Es una burbuja
podrida de la vanidad del hombre. ¡Lejos con ella!
Al decir esto abrió la pesada ventana y con un tirón de su horrible
mano lanzó por ella el espejo, que se hizo añicos en las piedras del patio
interior situado en el fondo. Luego se retiró sin decir palabra. Todo esto es
muy enojoso, porque ahora no veo cómo voy a poder afeitarme, a menos
que use la caja de mi reloj o el fondo de mi vasija de afeitar, que afor-
tunadamente es de metal.
Cuando entré al comedor el desayuno estaba preparado; pero no
pude encontrar al conde por ningún lugar. Así es que desayuné solo. Es
extraño que hasta ahora todavía no he visto al conde comer o beber. ¡Debe
ser un hombre muy peculiar! Después del desayuno hice una pequeña ex-
ploración en el castillo. Subí por las gradas y encontré un cuarto que mi-
raba hacia el sur. La vista era magnífica, y desde donde yo me encontraba
tenía toda la oportunidad para apreciarla. El castillo se encuentra al mismo
borde de un terrible precipicio. ¡Una piedra cayendo desde la ventana
puede descender mil pies sin tocar nada! Tan lejos como el ojo alcanza a
divisar, solo se ve un mar de verdes copas de árboles, con alguna grieta
ocasional donde hay un abismo. Aquí y allí se ven hilos de plata de los ríos
que pasan por profundos desfiladeros a través del bosque.
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