Bram Stoker


típico, del modo como al despertar los pensamientos se entremezclan con
los sueños.
Creí que estaba dormida, esperando a que regresara Jonathan. Me
sentía muy ansiosa por él y no podía hacer nada; tenía las piernas, los bra-
zos y el cuerpo con un peso encima, de tal modo que no podía ejecutar
ningún movimiento como de costumbre. Así dormí muy intranquilamente,
y seguí soñando cosas extrañas. Luego, comencé a sentir que el aire era
pesado, húmedo y frío. Retiré las sábanas de mi rostro y, con gran sor-
presa, vi que todo estaba oscuro. La lamparita de gas que había dejado
encendida para Jonathan, aunque muy débil, parecía una chispita roja y
diminuta a través de la niebla, que, evidentemente, se había hecho más
densa y había entrado en la habitación. Entonces, recordé que había cer-
rado la ventana antes de acostarme. Deseaba levantarme para asegurarme
de ello, pero una letargia de plomo parecía retener mis miembros y mi vol-
untad. Permanecí inmóvil; eso fue todo. Cerré los ojos, pero todavía podía
ver con claridad a través de los párpados (es maravilloso ver qué trucos
tienen los sueños, y de qué manera tan lógica trabaja a veces nuestra
imaginación). La niebla se hacía cada vez más espesa, y ya podía ver cómo
entraba en la habitación, puesto que la veía como si fuera humo..., o como
el vapor blanco del agua en ebullición..., entrando, no por la ventana, sino
por debajo de la puerta. Fue haciéndose cada vez más espesa, hasta que
pareció concentrarse en una columna de vapor sobre la que alcanzaba a ver
la lucecita de la lámpara de gas que brillaba como un ojo rojizo. Las ideas
se agolparon en mi cerebro, al tiempo que la columna de vapor comenzaba
a danzar en la habitación y entre todos mis pensamientos me llegaron las
frases de las escrituras: "Una columna de vapor por las noches y de fuego
durante el día." ¿Se trataba de algún guía espiritual que me llegaba a través
del sueño? Pero la columna estaba compuesta tanto del guía diurno como
del nocturno, puesto que el fuego estaba en el ojo rojo que, al pensar en él,
me fascinó en cierto modo, puesto que, mientras lo observaba, el fuego
pareció dividirse y lo vi como si se tratara de dos ojos rojos, a través de la
niebla, tal y como Lucy me dijo que los había visto en sus divagaciones
mentales, sobre el risco, cuando el sol poniente se reflejó en las ventanas de
la iglesia de Santa María. Repentinamente, recordé horrorizada que era así
como Jonathan había visto materializarse a aquellas horribles mujeres de la
niebla que giraba bajo el resplandor de la luna, y en mi sueño debo
haberme desmayado, puesto que me encontré en medio de la más profunda
oscuridad. El último esfuerzo consciente que hizo mi imaginación fue el de
hacerme ver un rostro lívido que se inclinaba sobre mí, saliendo de entre la
niebla. Debo tener cuidado con esos sueños, ya que pueden hacer vacilar la

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