Bram Stoker


pero que hayamos hecho lo mejor posible en este caso. Esas cosas, junto al
duro trabajo que nos espera, son suficientes para afectar los nervios de un
hombre.
El profesor avanzó y, poniéndole una mano en el hombro, le dijo
con la gravedad y amabilidad que le eran habituales:
-No tema, amigo John. Estamos tratando de cumplir con nuestro
deber en un caso extremadamente triste y terrible; sólo podemos hacer lo
que nos parezca mejor. ¿Qué otra cosa podemos esperar, a no ser la
piedad del Altísimo?
Lord Godalming había salido durante unos minutos, pero regresó
inmediatamente. Levantó un pequeño silbato de plata, al tiempo que ob-
servaba:
-Es posible que esa vieja casona esté llena de ratas, y en ese caso,
tenemos un antídoto a mano.
Después de pasar sobre el muro, nos dirigimos hacia la casa,
teniendo cuidado de permanecer entre las sombras de los árboles, proyec-
tadas sobre el césped, cuando salía la luna. Cuando llegamos al porche, el
profesor abrió su maletín y sacó un montón de objetos, que colocó en uno
de los escalones, formando con ellos cuatro grupos, evidentemente uno
para cada uno de nosotros. Luego dijo:
-Amigos míos, vamos a correr un riesgo tremendo, y tenemos que
armarnos de diversas formas. Nuestro enemigo no lo es solamente espiri-
tual. Recuerden que tiene la fuerza de veinte hombres y que, aunque
nuestros cuellos o nuestros aparatos respiratorios son del tipo común, o
sea, que pueden ser rotos o aplastados, los de él no pueden ser vencidos
simplemente por la fuerza. Un hombre más fuerte, o un grupo de hombres
que, en conjunto son más fuertes que él, pueden sujetarlo a veces, pero no
pueden herirlo, como nosotros podemos ser heridos por él. Así pues, es
preciso que tengamos cuidado de que no nos toque. Mantengan esto cerca
de sus corazones.
Al hablar, levantó un pequeño crucifijo de plata y me lo entregó, ya
que era yo el que más cerca de él se encontraba.
-Póngase estas flores alrededor del cuello.
Al decir eso, me tendió un collar hecho con cabezas de ajos.
-Para otros enemigos más terrenales, este revólver y este puñal, y
para ayuda de todos, esas pequeñas linternas eléctricas, que pueden ust-
edes sujetar a su pecho, y sobre todo y por encima de todo, finalmente,
esto, que no debemos emplear sin necesidad.
Era un trozo de la Sagrada Hostia, que metió en un sobre y me en-
tregó. Todos los demás fueron provistos de manera similar.

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