Bram Stoker


los lugares a donde veía la llama azul. Entonces él me explicó que era
creencia común que cierta noche del año (de hecho la noche pasada, cu-
ando los malos espíritus, según se cree, tienen ilimitados poderes) aparece
una llama azul en cualquier lugar donde haya sido escondido algún tesoro.
Que hayan sido escondidos tesoros en la región por la cual usted
pasó anoche -continuó él-, es cosa que está fuera de toda duda. Esta ha
sido tierra en la que han peleado durante siglos los valacos, los sajones y
los turcos. A decir verdad, sería difícil encontrar un pie cuadrado de tierra
en esta región que no hubiese sido enriquecido por la sangre de hombres,
patriotas o invasores. En la antigüedad hubo tiempos agitados, cuando los
austríacos y húngaros llegaban en hordas y los patriotas salían a enfrentár-
seles, hombres y mujeres, ancianos y niños, esperaban su llegada entre las
rocas arriba de los desfiladeros para lanzarles destrucción y muerte a ellos
con sus aludes artificiales. Cuando los invasores triunfaban encontraban
muy poco botín, ya que todo lo que había era escondido en la amable
tierra.
-¿Pero cómo es posible -pregunté yo- que haya pasado tanto
tiempo sin ser descubierto, habiendo una señal tan certera para descubrirlo,
bastando con que el hombre se tome el trabajo solo de mirar?
El conde sonrió, y al correrse sus labios hacia atrás sobre sus encías,
los caninos, largos y agudos, se mostraron insólitamente. Respondió:
-¡Porque el campesino es en el fondo de su corazón cobarde e im-
bécil! Esas llamas sólo aparecen en una noche; y en esa noche ningún
hombre de esta tierra, si puede evitarlo, se atreve siquiera a espiar por su
puerta. Y, mi querido señor, aunque lo hiciera, no sabría qué hacer. Le
aseguro que ni siquiera el campesino que usted me dijo que marcó los lug-
ares de la llama sabrá donde buscar durante el día, por el trabajo que hizo
esa noche. Hasta usted, me atrevo a afirmar, no sería capaz de encontrar
esos lugares otra vez. ¿No es cierto?
-Sí, es verdad -dije yo-. No tengo ni la más remota idea de donde
podría buscarlos.
Luego pasamos a otros temas.
-Vamos -me dijo al final-, cuénteme de Londres y de la casa que ha
comprado a mi nombre.
Excusándome por mi olvido, fui a mi cuarto a sacar los papeles de
mi portafolios. Mientras los estaba colocando en orden, escuché un tinti-
neo de porcelana y plata en el otro cuarto, y al atravesarlo, noté que la
mesa había sido arreglada y la lámpara encendida, pues para entonces ya
era bastante tarde. También en el estudio o biblioteca estaban encendidas
las lámparas, y encontré al conde yaciendo en el sofá, leyendo, de todas las

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