Bram Stoker


abrí los brazos. Con un sollozo, apoyó su cabeza en mi hombro y lloró
como un niño cansado, al tiempo que temblaba de emoción.
Nosotras, las mujeres, tenemos algo de madres que nos hace ele-
varnos sobre las cosas menos importantes cuando se invoca la maternidad;
sentí que aquella cabeza de hombre presa del dolor reposaba sobre mí,
como si fuera la del bebé que algún día podré tener en el regazo, y le acar-
icié el pelo, como si se tratara de mi hijo. En aquel momento no pensé en
lo extraño que era todo aquello.
Al cabo de un rato, sus sollozos cesaron y se irguió, excusándose,
aunque no trató de esconder su emoción. Me dijo que durante muchos días
y noches, días llenos de fatiga y noches sin sueño, se había sentido incapaz
de hablar con nadie, como debe hacerlo un hombre en momentos de aflic-
ción como aquéllos. No había ninguna mujer cuyo consuelo pudiera serle
entregado o con el que, debido a las terribles circunstancias que rodeaban a
su dolor, pudiera hablar libremente.
-Ahora sé como sufría -dijo, al tiempo que se secaba los ojos-.
Pero, no sé ni siquiera en este momento y ninguna otra persona podrá
comprenderlo nunca, lo mucho que ha significado hoy para mí su dulce
consuelo. Con el tiempo lo comprenderé mejor, y créame que, aunque se
lo agradezco infinitamente ahora, mi agradecimiento irá en aumento al
mismo tiempo que mi comprensión. ¿Me permite usted que seamos como
hermanos durante todas nuestras vidas..., por amor de Lucy?
-Por el amor de nuestra Lucy -le dije, al tiempo que le daba la
mano.
-Y por usted misma -añadió él-, puesto que si la estimación de un
hombre y su gratitud tienen algún valor, usted las ha ganado hoy. Si alguna
vez en el futuro llega usted a tener necesidad de la ayuda de un hombre,
créame que no me llamará usted en vano. Dios quiera que nunca se pre-
sente ese momento en que la luz del sol desaparezca de su vida; pero si
llegara a presentarse, prométame que acudirá a mí.
Era tan sincero y su dolor había sido tan profundo, que comprendí
que sería un consuelo para él, y le dije:
-Se lo prometo.
Cuando salí al pasillo vi al señor Morris, que estaba mirando al ex-
terior por una de las ventanas. Se volvió al oír el ruido de mis pasos.
-¿Cómo está Art? -inquirió.
Luego, viendo mis ojos enrojecidos, siguió diciendo:
-¡Ah! Ya veo que lo ha estado usted consolando. ¡Pobre amigo
mío! Eso es lo que necesita. Nadie que no sea una mujer puede consolar a
un hombre cuando tiene el corazón destrozado, y él no tiene a ninguna...

229

229