Bram Stoker
acercaba... Una figura blanca y diminuta, que sostenía algo oscuro apre-
tado contra su pecho. La figura se detuvo y, en ese momento, un rayo de
la luna se filtró entre las nubes, mostrando claramente a una mujer de ca-
bello oscuro, vestida con la mortaja encerada de la tumba. No alcanzamos
a verle el rostro, puesto que lo tenía inclinado sobre lo que después iden-
tificamos como un niño de pelo rubio. Se produjo una pausa y, a continua-
ción, un grito agudo, como de un niño en sueños o de un perro acostado
cerca del fuego, durmiendo. Nos disponíamos a lanzarnos hacia adelante,
pero el profesor levantó una mano, que vimos claramente contra el tejo
que le servía de escondrijo, y nos quedamos inmóviles; luego, mientras
permanecíamos expectantes, la blanca figura volvió a ponerse en
movimiento. Se encontraba ya lo bastante cerca como para que pu-
diéramos verla claramente, y la luz de la luna daba todavía de lleno sobre
ella. Sentí que el corazón se me helaba, y logré oír la exclamación y el so-
bresalto de Arthur cuando reconocimos claramente las facciones de Lucy
Westenra. Era ella. Pero, ¡cómo había cambiado! Su dulzura se había con-
vertido en una crueldad terrible e inhumana, y su pureza en una perversi-
dad voluptuosa. Van Helsing abandonó su escondite y, siguiendo su
ejemplo, todos nosotros avanzamos; los cuatro nos encontramos alineados
delante de la puerta de la cripta. Van Helsing alzó la linterna y accionó el
interruptor, y gracias a la débil luz que cayó sobre el rostro de Lucy, pudi-
mos ver que sus labios estaban rojos, llenos de sangre fresca, y que había
resbalado un chorro del líquido por el mentón, manchando la blancura in-
maculada de su mortaja.
Nos estremecimos, horrorizados, y me di cuenta, por el temblor
convulsivo de la luz, de que incluso los nervios de acero de van Helsing
habían flaqueado. Arthur estaba a mi lado, y si no lo hubiera tomado del
brazo, para sostenerlo, se hubiera desplomado al suelo.
Cuando Lucy... (llamo Lucy a la cosa que teníamos frente a noso-
tros, debido a que conservaba su forma) nos vió, retrocedió con un
gruñido de rabia, como el de un gato cuando es sorprendido; luego, sus
ojos se posaron en nosotros. Eran los ojos de Lucy en forma y color; pero
los ojos de Lucy perversos y llenos de fuego infernal, que no los ojos dul-
ces y amables que habíamos conocido. En esos momentos, lo que me
quedaba de amor por ella se convirtió en odio y repugnancia; si fuera pre-
ciso matarla, lo habría hecho en aquel preciso momento, con un deleite
inimaginable. Al mirar, sus ojos brillaban con un resplandor demoníaco, y
el rostro se arrugó en una sonrisa voluptuosa. ¡Oh, Dios mío, como me
estremecí al ver aquella sonrisa! Con un movimiento descuidado, como
una diablesa llena de perversidad, arrojó al suelo al niño que hasta entonces
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