Bram Stoker


masiado el día anterior. Pero mi carne respondió a la prueba del pellizco, y
mis ojos no se dejaban engañar. Era indudable que estaba despierto y en
los Cárpatos. Todo lo que podía hacer era tener paciencia y esperar a que
llegara la aurora.
En cuanto llegué a esta conclusión escuché pesados pasos que se
acercaban detrás de la gran puerta, y vi a través de las hendiduras el brillo
de una luz que se acercaba. Se escuchó el ruido de cadenas que golpeaban
y el chirrido de pesados cerrojos que se corrían. Una llave giró haciendo el
conocido ruido producido por el largo desuso, y la inmensa puerta se abrió
hacia adentro. En ella apareció un hombre alto, ya viejo, nítidamente
afeitado, a excepción de un largo bigote blanco, y vestido de negro de la
cabeza a los pies, sin ninguna mancha de color en ninguna parte. Tenía en
la mano una antigua lámpara de plata, en la cual la llama se quemaba sin
globo ni protección de ninguna clase, lanzando largas y ondulosas sombras
al fluctuar por la corriente de la puerta abierta. El anciano me hizo un
ademán con su mano derecha, haciendo un gesto cortés y hablando en ex-
celente inglés, aunque con una entonación extraña:
-Bien venido a mi casa. ¡Entre con libertad y por su propia volun-
tad!
No hizo ningún movimiento para acercárseme, sino que permaneció
inmóvil como una estatua, como si su gesto de bienvenida lo hubiese fijado
en piedra. Sin embargo, en el instante en que traspuse el umbral de la pu-
erta, dio un paso impulsivamente hacia adelante y, extendiendo la mano,
sujetó la mía con una fuerza que me hizo retroceder, un efecto que no fue
aminorado por el hecho de que parecía fría como el hielo; de que parecía
más la mano de un muerto que de un hombre vivo. Dijo otra vez:
-Bien venido a mi casa. Venga libremente, váyase a salvo, y deje
algo de la alegría que trae consigo.
La fuerza del apretón de mano era tan parecida a la que yo había
notado en el cochero, cuyo rostro no había podido ver, que por un mo-
mento dudé si no se trataba de la misma persona a quien le estaba
hablando; así es que para asegurarme, le pregunté:
-¿El conde Drácula?
Se inclinó cortésmente al responderme.
-Yo soy Drácula; y le doy mi bienvenida, señor Harker, en mi casa.
Pase; el aire de la noche está frío, y seguramente usted necesita comer y
descansar.
Mientras hablaba, puso la lámpara sobre un soporte en la pared, y
saliendo, tomó mi equipaje; lo tomó antes de que yo pudiese evitarlo. Yo
protesté, pero él insistió:

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