Drácula
II
DEL DIARIO DE JONATHAN HARKER
(continuación)
5 de mayo. Debo haber estado dormido, pues es seguro que si hubi-
ese estado plenamente despierto habría notado que nos acercábamos a tan
extraordinario lugar. En la oscuridad, el patio parecía ser de considerable
tamaño, y como de él partían varios corredores negros de grandes arcos
redondos, quizá parecía ser más grande de lo que era en realidad. Todavía
no he tenido la oportunidad de verlo a la luz del día.
Cuando se detuvo la calesa, el cochero saltó y me ofreció la mano
para ayudarme a descender. Una vez más, pude comprobar su prodigiosa
fuerza. Su mano prácticamente parecía una prensa de acero que hubiera
podido estrujar la mía si lo hubiese querido. Luego bajó mis cosas y las
colocó en el suelo a mi lado, mientras yo permanecía cerca de la gran pu-
erta, vieja y tachonada de grandes clavos de hierro, acondicionada en un
zaguán de piedra maciza. Aun en aquella tenue luz pude ver que la piedra
estaba profusamente esculpida, pero que las esculturas habían sido des-
gastadas por el tiempo y las lluvias. Mientras yo permanecía en pie, el co-
chero saltó otra vez a su asiento y agitó las riendas; los caballos iniciaron la
marcha, y desaparecieron debajo de una de aquellas negras aberturas con
coche y todo.
Permanecí en silencio donde estaba, porque realmente no sabía que
hacer. No había señales de ninguna campana ni aldaba, y a través de
aquellas ceñudas paredes y oscuras ventanas lo más probable era que mi
voz no alcanzara a penetrar. El tiempo que esperé me pareció infinito, y
sentí cómo las dudas y los temores me asaltaban. ¿A qué clase de lugar
había llegado, y entre qué clase de gente me encontraba? ¿En qué clase de
lúgubre aventura me había embarcado? ¿Era aquél un incidente normal en
la vida de un empleado del procurador enviado a explicar la compra de una
propiedad en Londres a un extranjero? ¡empleado del procurador! A Mina
no le gustaría eso. Mejor procurador, pues justamente antes de abandonar
Londres recibía la noticia de que mi examen había sido aprobado; ¡de tal
modo que ahora yo ya era un procurador hecho y derecho! Comencé a
frotarme los ojos y a pellizcarme, para ver si estaba despierto. Todo me
parecía como una horrible pesadilla, y esperaba despertar de pronto en-
contrándome en mi casa con la aurora luchando a través de las ventanas,
tal como ya me había sucedido en otras ocasiones después de trabajar de-
16
|
|