Bram Stoker
Eran cien veces más terribles en aquel lúgubre silencio que los rodeaba que
cuando estaban aullando. Por mi parte, caí en una especie de parálisis de
miedo. Sólo cuando el hombre se encuentra cara a cara con semejantes
horrores puede comprender su verdadero significado.
De pronto, todos los lobos comenzaron a aullar como si la luz de la
luna produjera un efecto peculiar en ellos. Los caballos se encabritaron y
retrocedieron, y miraron impotentes alrededor con unos ojos que giraban
de manera dolorosa; pero el círculo viviente de terror los acompañaba a
cada lado; forzosamente tuvieron que permanecer dentro de él. Yo le grité
al cochero que regresara, pues me pareció que nuestra última alternativa
era tratar de abrirnos paso a través del círculo, y para ayudarle a su regreso
grité y golpeé a un lado de la calesa, esperando que el ruido espantara a los
lobos de aquel lado y así é1 tuviese oportunidad de subir al coche. Cómo
finalmente llegó es cosa que no sé; pero escuché su voz alzarse en un tono
de mando imperioso, y mirando hacia el lugar de donde provenía, lo vi
parado en medio del camino. Agitó los largos brazos como si tratase de
apartar un obstáculo impalpable, y los lobos se retiraron, justamente en
esos momentos una pesada nube pasó a través de la cara de la luna, de
modo que volvimos a sumirnos en la oscuridad.
Cuando pude ver otra vez, el conductor estaba subiendo a la calesa
y los lobos habían desaparecido. Todo esto fue tan extraño y misterioso
que fui sobrecogido por un miedo pánico, y no tuve valor para moverme ni
para hablar. El tiempo pareció interminable mientras continuamos nuestro
camino, ahora en la más completa oscuridad, pues las negras nubes os-
curecían la luna. Continuamos ascendiendo, con ocasionales períodos de
rápidos descensos, pero ascendiendo la mayor parte del tiempo. Repenti-
namente tuve conciencia de que el conductor estaba deteniendo a los ca-
ballos en el patio interior de un inmenso castillo ruinoso en parte, de cuyas
altas ventanas negras no salía un sólo rayo de luz, y cuyas quebradas mu-
rallas mostraban una línea dentada que destacaba contra el cielo iluminado
por la luz de la luna.
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