Bram Stoker


perro; y y no tienen la cuarta parte de su capacidad de lucha. Este que se
escapó no está acostumbrado a pelear, ni siquiera a procurarse a sí mismo
sus alimentos, y lo más probable es que esté en algún lugar del parque
escondido y temblando, si es capaz de pensar en algo, preguntándose
dónde va a poder conseguirse su desayuno; o a lo mejor se ha retirado y
está metido en una cueva de hulla. ¡Uf!, el susto que se va a llevar algún
cocinero cuando baje y vea sus ojos verdes brillando en la oscuridad. Si no
puede conseguir comida es muy posible que salga a buscarla, y pudiera ser
que por casualidad fuera a dar a tiempo a una carnicería. Si no sucede eso
y alguna institutriz sale a pasear con su soldado, dejando al infante en su
cochecillo de niño, bien, entonces no estaría sorprendido si el censo da un
niño menos. Eso es todo.
Le estaba entregando el medio soberano cuando algo asomó por la
ventana, y el rostro del señor Bilder se alargó al doble de sus dimensiones
naturales, debido a la sorpresa.
¡Dios me bendiga! -exclamó-. ¡Allí está el viejo Bersicker de re-
greso, sin que nadie lo traiga!
Se levantó y fue hacia la puerta a abrirla; un procedimiento que a mí
me pareció innecesario. Yo siempre he pensado que un animal salvaje
nunca es tan atractivo como cuando algún obstáculo de durabilidad cono-
cida está entre él y yo; una experiencia personal ha intensificado, en lugar
de disminuir, esta idea.
Después de todo, sin embargo, no hay nada como la costumbre,
pues ni Bilder ni su mujer pensaron nada más del lobo de lo que yo pen-
saría de un perro. El animal mismo era tan pacífico como el padre de todos
esos cuentos de lobos, el amigo de otros tiempos de Caperucita Roja,
mientras está disfrazado tratando de ganarse su confianza.
Toda la escena fue una complicada mezcla de comedia y tragedia.
El maligno lobo que durante un día y medio había paralizado a Londres y
había hecho que todos los niños del pueblo temblaran en sus zapatos, es-
taba allí con mirada penitente, y estaba siendo recibido y acariciado como
una especie de hijo pródigo vulpino. El viejo Bilder lo examinó por todos
lados con la más tierna atención, y cuando hubo terminado el examen del
penitente, dijo:
-¡Vaya, ya sabía que el pobre animal se iba a meter en alguna clase
de lío! ¿No lo dije siempre? Aquí está su cabeza toda cortada y llena de
vidrio quebrado. Seguramente que quiso saltar sobre algún muro u otra
cosa. Es una vergüenza que se permita a la gente que ponga pedazos de
botellas en la parte superior de sus paredes. Estos son los resultados. Ven
conmigo, Bersicker.

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