Bram Stoker
firmé mis sospechas. Me hubiese gustado preguntarle al cochero qué sig-
nificaba todo aquello, pero realmente tuve miedo, pues pensé que, en la
situación en que me encontraba, cualquier protesta no podría dar el efecto
deseado en caso de que hubiese habido una intención de retraso. Al cabo
de un rato, sin embargo, sintiéndome curioso por saber cuánto tiempo
había pasado, encendí un fósforo, y a su luz miré mi reloj; faltaban pocos
minutos para la medianoche. Esto me dio una especie de sobresalto, pues
supongo que la superstición general acerca de la medianoche había au-
mentado debido a mis recientes experiencias. Me quedé aguardando con
una enfermiza sensación de ansiedad.
Entonces un perro comenzó a aullar en alguna casa campesina más
adelante del camino. Dejó escapar un largo, lúgubre aullido, como si tuvi-
ese miedo. Su llamado fue recogido por otro perro y por otro y otro, hasta
que, nacido como el viento que ahora pasaba suavemente a través del des-
filadero, comenzó un aterrador concierto de aullidos que parecían Ilegar de
todos los puntos del campo, desde tan lejos como la imaginación alcanzase
a captar a través de las tinieblas de la noche. Desde el primer aullido los
caballos comenzaron a piafar y a inquietarse, pero el cochero les habló
tranquilizándolos, y ellos recobraron la calma, aunque temblaban y sudaban
como si acabaran de pasar por un repentino susto. Entonces, en la lejana
distancia, desde las montañas que estaban a cada lado de nosotros, llegó un
aullido mucho más fuerte y agudo, el aullido de los lobos, que afectó a los
caballos y a mi persona de la misma manera, pues estuve a punto de saltar
de la calesa y echar a correr, mientras que ellos retrocedieron y se enca-
britaron frenéticamente, de manera que el cochero tuvo que emplear toda
su fuerza para impedir que se desbocaran. Sin embargo, a los pocos mi-
nutos mis oídos se habían acostumbrado a los aullidos, y los caballos se
habian calmado tanto que el cochero pudo descender y pararse frente a
ellos. Los sobó y acarició, y les susurró algo en las orejas, tal como he oído
que hacen los domadores de caballos, y con un efecto tan extraordinario
que bajo estos mimos se volvieron nuevamente bastante obedientes, aun-
que todavía temblaban. El cochero tomó nuevamente su asiento, sacudió
sus riendas y reiniciamos nuestro viaje a buen paso. Esta vez, después de
llegar hasta el lado extremo del desfiladero, repentinamente cruzó por una
estrecha senda que se introducía agudamente a la derecha.
Pronto nos encontramos obstruídos por árboles, que en algunos
lugares cubrían por completo el camino, formando una especie de túnel a
través del cual pasábamos. Y además de eso, gigantescos peñascos
amenazadores nos hacían valla a uno y otro lado. A pesar de encontrarnos
así protegidos, podíamos escuchar el viento que se levantaba, pues gemía y
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