MIGUEL DE CERVANTES
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Y, en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna, volvió las espaldas y se
entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca estaba, dejando admirados,
tanto de su discreción como de su hermosura, a todos los que allí estaban. Y
algunos dieron muestras, de aquellos que de la poderosa flecha de los rayos de
sus bellos ojos estaban heridos, de quererla seguir, sin aprovecharse del mani-
fiesto desengaño que habían oído. Lo cual visto por don Quijote, pareciéndole
que allí venía bien usar de su caballería socorriendo a las doncellas menestero-
sas, puesta la mano en el puño de su espada, en altas e inteligibles voces dijo:
--Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a
seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía. Ella
ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o ninguna culpa que ha
tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender con los
deseos de ninguno de sus amantes; a cuya causa es justo que, en lugar de ser
seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo,
pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive.
O ya que fuese por las amenazas de don Quijote o porque Ambrosio les
dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo debían, ninguno de los pas-
tores se movió ni apartó de allí hasta que, acabada la sepultura y abrasados los
papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no sin muchas lágrimas de
los circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa peña, en tanto que se
acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba mandar hacer, con un
epitafio que había de decir de esta manera:
Yace aquí de un amador
el mísero cuerpo helado,
que fue pastor de ganado,
perdido por desamor.
Murió a manos del rigor
de una esquiva hermosa ingrata,
con quien su imperio dilata
la tiranía de amor.
Luego esparcieron por cima de la sepultura muchas flores y ramos, y,
dando todos el pésame a su amigo Ambrosio, se despidieron de él. Lo mismo
hicieron Vivaldo y su compañero, y don Quijote se despidió de sus huéspedes
y de los caminantes, los cuales le rogaron se viniese con ellos a Sevilla, por ser
lugar tan acomodado a hallar aventuras, que en cada calle y tras cada esquina
se ofrecen más que en otro alguno.
Don Quijote les agradeció el aviso y el ánimo que mostraban de hacerle
merced, y dijo que por entonces no quería ni debía ir a Sevilla, hasta que hubie-
se despojado todas aquellas sierras de ladrones malandrines, de quien era fama
que todas estaban llenas. Viendo su buena determinación, no quisieron los
caminantes importunarle más, sino, tornándose a despedir de nuevo, le deja-
ron y prosiguieron su camino; en el cual no les faltó de qué tratar, así de la his-
toria de Marcela y Grisóstomo, como de las locuras de don Quijote. El cual
determinó de ir a buscar a la pastora Marcela y ofrecerle todo lo que él podía
en su servicio. Mas no le avino como él pensaba, según se cuenta en el discur-
so de esta verdadera historia, dando aquí fin la segunda parte.
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