MIGUEL DE CERVANTES
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con la reina Ginebra, siendo medianera de ellos y sabidora aquella tan honra-
da dueña Quintañona, de donde nació aquel tan sabido romance y tan decan-
tado en nuestra España de
Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido,
como fuera Lanzarote
cuando de Bretaña vino,
con aquel progreso tan dulce y tan suave de sus amorosos y fuertes fechos.
Pues desde entonces, de mano en mano, fue aquella orden de caballería esten-
diéndose y dilatándose por muchas y diversas partes del mundo. Y en ella fue-
ron famosos y conocidos por sus fechos el valiente Amadís de Gaula, con todos
sus hijos y nietos hasta la quinta generación, y el valeroso Felixmarte de Hircania,
y el nunca como se debe alabado Tirante el Blanco, y casi que en nuestros días
vimos y comunicamos y oímos al invencible y valeroso caballero don Belianís de
Grecia. Esto, pues, señores, es ser caballero andante, y la que he dicho es la
orden de su caballería, en la cual, como otra vez he dicho, yo, aunque pecador,
he hecho profesión, y, lo mesmo que profesaron los caballeros referidos, profe-
so yo. Y así, me voy por estas soledades y despoblados buscando las aventuras,
con ánimo deliberado de ofrecer mi brazo y mi persona a la más peligrosa que
la suerte me deparare, en ayuda de los flacos y menesterosos.
Por estas razones que dijo, acabaron de enterarse los caminantes que era
don Quijote falto de juicio, y del género de locura que lo señoreaba, de lo cual
recibieron la misma admiración que recibían todos aquellos que de nuevo vení-
an en conocimiento de ella. Y Vivaldo, que era persona muy discreta y de ale-
gre condición, por pasar sin pesadumbre el poco camino que decían que les fal-
taba, al llegar a la sierra del entierro, quiso darle ocasión a que pasase más ade-
lante con sus disparates. Y así, le dijo:
--Paréceme, señor caballero andante, que vuestra merced ha profesado
una de las más estrechas profesiones que hay en la tierra, y tengo para mí que
aun la de los frailes cartujos no es tan estrecha.
--Tan estrecha bien podía ser --respondió nuestro don Quijote--; pero
tan necesaria en el mundo, no estoy en dos dedos de ponello en duda; porque,
si va a decir verdad, no hace menos el soldado que pone en ejecución lo que
su capitán le manda, que el mesmo capitán que se lo ordena. Quiero decir que
los religiosos, con toda paz y sosiego, piden al cielo el bien de la tierra; pero los
soldados y caballeros ponemos en ejecución lo que ellos piden, defendiéndola
con el valor de nuestros brazos y filos de nuestras espadas, no debajo de
cubierta, sino al cielo abierto, puestos por blanco de los insufribles rayos del sol
en el verano y de los erizados hielos del invierno. Así que, somos ministros de
Dios en la tierra y brazos por quien se ejecuta en ella su justicia. Y, como las
cosas de la guerra y las a ellas tocantes y concernientes no se pueden poner en
ejecución sino sudando, afanando y trabajando, síguese que aquellos que la
profesan tienen, sin duda, mayor trabajo que aquellos que en sosegada paz y
reposo están rogando a Dios favorezca a los que poco pueden. No quiero yo
decir, ni me pasa por pensamiento, que es tan buen estado el de caballero
andante como el del encerrado religioso; solo quiero inferir, por lo que yo
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