DON QUIJOTE DE LA MANCHA 79

pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le
engañe.
--Ya te he dicho, Sancho --respondió don Quijote--, que sabes poco de
achaque de aventuras; lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.
Y, diciendo esto, se adelantó y se puso en la mitad del camino por donde
los frailes venían, y, en llegando tan cerca que a él le pareció que le podrían oír
lo que dijese, en alta voz dijo:
--¡Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas prince-
sas que en ese coche lleváis forzadas; si no, aparejaos a recibir presta muerte
por justo castigo de vuestras malas obras!
Detuvieron los frailes las riendas y quedaron admirados, así de la figura de
don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:
--Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino
dos religiosos de San Benito que vamos nuestro camino, y no sabemos si en
este coche vienen o no ningunas forzadas princesas.
--Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementi-
da canalla --dijo don Quijote.
Y, sin esperar más respuesta, picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió
contra el primer fraile con tanta furia y denuedo que, si el fraile no se dejara
caer de la mula, él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malherido, si
no cayera muerto.
El segundo religioso, que vio del modo que trataban a su compañero, puso
piernas al castillo de su buena mula, y comenzó a correr por aquella campaña
más ligero que el mismo viento.
Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su
asno, arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos
mozos de los frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba; respondioles
Sancho que aquello le tocaba a él legítimamente como despojos de la batalla
que su señor don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de burlas,
ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que ya don Quijote estaba
desviado de allí hablando con las que en el coche venían, arremetieron con
Sancho y dieron con él en el suelo, y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron
a coces y le dejaron tendido en el suelo, sin aliento ni sentido; y, sin detenerse
un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color en el
rostro, y, cuando se vio a caballo, picó tras su compañero, que un buen espa-
cio de allí le estaba aguardando y esperando en qué paraba aquel sobresalto;
y, sin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su
camino, haciéndose más cruces que si llevaran al diablo a las espaldas.
Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la señora del coche,
diciéndole:
--La vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más
le viniere en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el
suelo derribada por este mi fuerte brazo; y, porque no penéis por saber el nom-
bre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quijote de la Mancha,
caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa doña
Dulcinea del Toboso; y, en pago del beneficio que de mí habéis recibido, no
quiero otra cosa sino que volváis al Toboso y que, de mi parte, os presentéis
ante esta señora y le digáis lo que por vuestra libertad he fecho.

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