MIGUEL DE CERVANTES
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"por posición y coyuntura (no por religión o temperamento), la sociedad espa-
ñola del 1600, antítesis de la sociedad puritana, vuelve la espalda al ahorro y a
la inversión". Seguramente una de las razones de la universalidad del Quijote
se deba a que es un auténtico libro español de 1605, que cobra todo su senti-
do en el corazón de nuestra historia. Por eso, "en él se puede gozar del denso
brebaje de historia concreta que destila toda obra maestra".
La vida de Cervantes coincidió con los reinados de Carlos I, Felipe II y su
hijo Felipe III. Del apogeo imperial cuando Gracián decía que "la corona del rey
de España es la órbita del sol", hasta los síntomas, cada vez más evidentes, de
una profunda decadencia. El declive que observara Quevedo desde la soledad
de la Torre de Juan Abad, en pleno campo de Montiel que recorrió Don
Quijote: "miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes, ya desmoro-
nados..."
Mucho se ha escrito sobre la influencia en la economía española de la lle-
gada del oro y la plata de las Indias. Pero no hubo que esperar a los estudios
de Hamilton. Había contemporáneos clarividentes; otra vez Quevedo recordan-
do que poderoso caballero es don Dinero: "Nace en las Indias honrado, /donde
el mundo le acompaña; / viene a morir en España, / y es en Génova enterra-
do."
En 1600, contemporáneo pues de Cervantes, González de Cellórigo, hacía
el diagnóstico de la influencia en la economía de tanta abundancia de metales
preciosos que había conducido a una situación irreal, ficticia: "y el no aver
tomado suelo procede de que la riqueza ha andado y anda en el ayre, en pape-
les y contractos, censos y letras de cambio, en la moneda, en la plata y en el
oro; y no en bienes que fructifican y atrahen a sí como más dignos las riquezas
de afuera, sustentando las de dentro". ..." Y sintetiza formando una paradoja
que haría las delicias de los conceptistas: "el no haber dinero, oro ni plata, en
España, es por averlo, y el no ser rica es por serlo".
Por cierto, que un lugar de la Mancha, cuyo nombre es Almagro, tiene
mucho que ver con los préstamos del rey, "los papeles y contractos, censos y
letras de cambio". Su porte señorial, su aire flamenco, sus encajes y su plaza,
se relacionan directamente con los Fugger, los banqueros de Carlos V, que con-
trolaron el azogue de Almadén y con él toda la producción mundial de la plata,
desde la capital del Campo de Calatrava.
En 1600 se estaba notando en España uno de los efectos de la primera
mundialización. Desde 1492, el orbe conocido dejó de ser sólo Europa y, para-
dójicamente, la Castilla que abrió nuevos mundos era arrastrada por no asimi-
lar sus consecuencias. Entonces, como hoy, hubo muchas voces contra la glo-
balización, pero las carabelas de Colón no podían regresar. Ya se podía cruzar
la mar océano, aunque a algunos les diera miedo o no supieran adaptarse al
nuevo mundo.
Hoy estamos viviendo otra globalización y la respuesta no puede ser de
nuevo la inadaptación, la marginalidad, la cuneta de la historia. Seguramente
la respuesta adecuada no sea negar el hecho, sino saber aprovecharlo. Como
dice Carlos Fuentes: "ante todo, gobernanza local efectiva: política", porque
"no hay globalidad que valga, sin localidad que sirva". Y, ya puestos, globali-
cemos también, y sobre todo, otras cosas: los derechos humanos, por ejemplo.
Y la educación: "tan sólo una rebaja del uno por ciento en gastos militares en
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