DON QUIJOTE DE LA MANCHA 77

--¡Válgame Dios! --dijo Sancho--; ¿no le dije yo a vuestra merced que
mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía
ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
--Calla, amigo Sancho --respondió don Quijote--, que las cosas de la
guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza; cuanto más que yo
pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón que me robó el aposento y los
libros ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su venci-
miento: tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo, han de poder
poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
--Dios lo haga como puede --respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio des-
paldado estaba; y, hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del
puerto Lápice, porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallar-
se muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero, sino que iba muy
pesaroso por haberle faltado la lanza, y, diciéndoselo a su escudero, le dijo:
--Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego
Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una
encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día, y macha-
có tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así, él como sus
descendientes se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y Machuca.
Hete dicho esto, porque de la primera encina o roble que se me depare pien-
so desgajar otro tronco, tal y tan bueno como aquel, que me imagino y pien-
so hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber
merecido venir a verlas y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.
--A la mano de Dios --dijo Sancho--; yo lo creo todo así como vuestra
merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y
debe de ser del molimiento de la caída.
--Así es la verdad --respondió don Quijote--; y, si no me quejo del dolor,
es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aun-
que se le salgan las tripas por ella.
--Si eso es así, no tengo yo que replicar --respondió Sancho--; pero sabe
Dios si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le
doliera. De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga,
si ya no se entiende también con los escuderos de los caballeros andantes eso
del no quejarse.
No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero, y así, le
declaró que podía muy bien quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con
ella; que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caba-
llería. Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondiole su amo
que por entonces no le hacía menester; que comiese él cuando se le antojase.
Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumen-
to y, sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y
comiendo detrás de su amo muy de su espacio, y de cuando en cuando empi-
naba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bode-
gonero de Málaga. Y, en tanto que él iba de aquella manera menudeando tra-
gos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho, ni
tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las aven-
turas por peligrosas que fuesen.

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