DON QUIJOTE DE LA MANCHA 691
CAPÍTULO LXX
CAPÍ TULO LX X
Que sigue al sesenta y nueve, y trata de cosas no escusadas
para la claridad desta historia
Durmio Sancho aquella noche en una carriola en el mesmo aposento de
don Quijote, cosa que él quisiera escusarla si pudiera, porque bien sabía que su
amo no le había de dejar dormir a preguntas y a respuestas, y no se hallaba en
disposición de hablar mucho, porque los dolores de los martirios pasados los
tenía presentes y no le dejaban libre la lengua, y viniérale más a cuento dormir
en una choza solo, que no en aquella rica estancia acompañado. Saliole su
temor tan verdadero y su sospecha tan cierta que, apenas hubo entrado su
señor en el lecho, cuando dijo:
--¿Qué te parece, Sancho, del suceso desta noche? Grande y poderosa es
la fuerza del desdén desamorado, como por tus mismos ojos has visto muerta
a Altisidora, no con otras saetas ni con otra espada ni con otro instrumento
bélico ni con venenos mortíferos, sino con la consideración del rigor y el des-
dén con que yo siempre la he tratado.
--Muriérase ella en hora buena cuando quisiera y como quisiera --respon-
dió Sancho--, y dejárame a mí en mi casa, pues ni yo la enamoré ni la desde-
ñé en mi vida. Yo no sé ni puedo pensar cómo sea que la salud de Altisidora,
doncella más antojadiza que discreta, tenga que ver, como otra vez he dicho,
con los martirios de Sancho Panza. Agora sí que vengo a conocer clara y distin-
tamente que hay encantadores y encantos en el mundo, de quien Dios me
libre, pues yo no me sé librar. Con todo esto, suplico a vuesa merced me deje
dormir y no me pregunte más si no quiere que me arroje por una ventana
abajo.
--Duerme, Sancho amigo --respondió don Quijote--, si es que te dan
lugar los alfilerazos y pellizcos recebidos, y las mamonas hechas.
--Ningún dolor --replicó Sancho--, llegó a la afrenta de las mamonas, no
por otra cosa que por habérmelas hecho dueña, que confundidas sean. Y torno
a suplicar a vuesa merced me deje dormir, porque el sueño es alivio de las mise-
rias de los que las tienen despiertos.
--Sea así --dijo don Quijote--, y Dios te acompañe.
Durmiéronse los dos, y en este tiempo quiso escribir y dar cuenta Cide
Hamete, autor desta grande historia, qué les movió a los duques a levantar el
edificio de la máquina referida; y dice que, no habiéndosele olvidado al bachi-
ller Sansón Carrasco cuando el Caballero de los Espejos fue vencido y derriba-
do por don Quijote, cuyo vencimiento y caída borró y deshizo todos sus desig-
nios, quiso volver a probar la mano esperando mejor suceso que el pasado. Y
así, informándose del paje que llevó la carta y presente a Teresa Panza, mujer
de Sancho, a dónde don Quijote quedaba, buscó nuevas armas y caballo y puso
en el escudo la blanca luna, llevándolo todo sobre un macho a quien guiaba un
labrador, y no Tomé Cecial, su antiguo escudero, porque no fuese conocido de
Sancho ni de don Quijote.
Llegó, pues, al castillo del duque, que le informó el camino y derrota que
don Quijote llevaba, con intento de hallarse en las justas de Zaragoza. Díjole
asimismo las burlas que le había hecho con la traza del desencanto de
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