DON QUIJOTE DE LA MANCHA 681
trasen, habría lugar para ello. Y levantándose, después de haberse sacudido el
sayo y las migajas de las barbas, antecogió al rucio y, diciendo adiós, dejó a
Tosilos y alcanzó a su amo, que a la sombra de un árbol le estaba esperando.
CA PÍTULO L XVII
CA PÍ TULO L XV I I
De la resolucion que tomó don Quijote de hacerse pastor y seguir la vida del
campo en tanto que se pasaba el año de su promesa,
con otros sucesos en verdad gustosos y buenos
Si muchos pensamientos fatigaban a don Quijote antes de ser derribado,
muchos más le fatigaron después de caído. A la sombra del árbol estaba, como
se ha dicho, y allí, como moscas a la miel le acudían y picaban pensamientos;
unos iban al desencanto de Dulcinea y otros a la vida que había de hacer en su
forzosa retirada. Llegó Sancho, y alabole la liberal condición del lacayo Tosilos.
--¿Es posible --le dijo don Quijote--, que todavía, ¡oh Sancho!, pienses
que aquel sea verdadero lacayo? Parece que se te ha ido de las mientes haber
visto a Dulcinea convertida y transformada en labradora y al Caballero de los
Espejos en el bachiller Carrasco, obras todas de los encantadores que me per-
siguen; pero dime agora, ¿preguntaste a ese Tosilos que dices qué ha hecho
Dios de Altisidora; si ha llorado mi ausencia o si ha dejado ya en las manos del
olvido los enamorados pensamientos que en mi presencia la fatigaban?
--No eran --respondió Sancho--, los que yo tenía tales, que me diesen
lugar a preguntar boberías. ¡Cuerpo de mí!, señor, ¿está vuesa merced ahora
en términos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?
--Mira, Sancho --dijo don Quijote--; mucha diferencia hay de las obras
que se hacen por amor a las que se hacen por agradecimiento. Bien puede ser
que un caballero sea desamorado; pero no puede ser, hablando en todo rigor,
que sea desagradecido. Quísome bien, al parecer, Altisidora, diome los tres
tocadores que sabes, lloró en mi partida, maldíjome, vituperome, quejose, a
despecho de la vergüenza, públicamente, señales todas de que me adoraba;
que las iras de los amantes suelen parar en maldiciones. Yo no tuve esperan-
zas que darle, ni tesoros que ofrecerle, porque las mías las tengo entregadas a
Dulcinea, y los tesoros de los caballeros andantes son como los de los duendes,
aparentes y falsos, y sólo puedo darle estos acuerdos que della tengo, sin per-
juicio, pero, de los que tengo de Dulcinea, a quien tú agravias con la remisión
que tienes en azotarte y en castigar esas carnes (que vea yo comidas de lobos)
que quieren guardarse antes para los gusanos que para el remedio de aquella
pobre señora.
--Señor --respondió Sancho--, si va a decir la verdad, yo no me puedo
persuadir que los azotes de mis posaderas tengan que ver con los desencantos
de los encantados, que es como si dijésemos: «si os duele la cabeza, untaos las
rodillas»; a lo menos, yo osaré jurar que en cuantas historias vuesa merced ha
leído que tratan de la andante caballería no ha visto algún desencantado por
azotes; pero, por sí o por no, yo me los daré, cuando tenga gana y el tiempo
me dé comodidad para castigarme.
--Dios lo haga --respondió don Quijote--, y los cielos te den gracia para
|
|