DON QUIJOTE DE LA MANCHA 75

asnalmente, pero nunca le vino alguno a la memoria; mas con todo esto deter-
minó que le llevase, con presupuesto de acomodarle de más honrada caballe-
ría en habiendo ocasión para ello, quitándole el caballo al primer descortés
caballero que topase.
Proveyose de camisas y de las demás cosas que él pudo, conforme al con-
sejo que el ventero le había dado. Todo lo cual hecho y cumplido, sin despe-
dirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche
se salieron del lugar sin que persona los viese; en la cual caminaron tanto, que,
al amanecer, se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los bus-
casen.
Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y
su bota y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula que su amo le
había prometido. Acertó don Quijote a tomar la misma derrota y camino que
el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel,
por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque, por
ser la hora de la mañana y herirles a soslayo los rayos del sol, no les fatigaban.
Dijo en esto Sancho Panza a su amo:
--Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que
de la ínsula me tiene prometido, que yo la sabré gobernar por grande que sea.
A lo cual le respondió don Quijote:
--Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de
los caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las
ínsulas o reinos que ganaban, y yo tengo determinado de que por mí no falte
tan agradecida usanza, antes pienso aventajarme en ella; porque ellos algunas
veces, y quizá las más, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos, y ya, des-
pués de hartos de seguir y de llevar malos días y peores noches, les daban algún
título de conde, o, por lo mucho, de marqués, de algún valle o provincia de
poco más a menos; pero si tú vives y yo vivo, bien podría ser que antes de seis
días ganase yo tal reino que tuviese otros, a él adherentes, que viniesen de
molde para coronarte por rey de uno de ellos. Y no lo tengas a mucho, que
cosas y casos acontecen a los tales caballeros por modos tan nunca vistos ni
pensados, que con facilidad te podría dar aún más de lo que te prometo.
--De esa manera --respondió Sancho Panza--, si yo fuese rey por algún
milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos, Juana Gutiérrez, mi
oíslo1 9, vendría a ser reina, y mis hijos infantes.
--Pues ¿quién lo duda? --respondió don Quijote.
--Yo lo dudo --replicó Sancho Panza--; porque tengo para mí que, aun-
que lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre la cabeza
de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedís para reina; condesa
le caerá mejor, y aun Dios y ayuda.
--Encomiéndalo tú a Dios, Sancho --respondió don Quijote--, que Él dará
lo que más le convenga; pero no apoques tu ánimo tanto que te vengas a con-
tentar con menos que con ser adelantado.
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19 Mi oíslo es «mi mujer»; esta es la única ocasión que la mujer de Sancho se llama
Juana Gutiérrez o Mari Gutiérrez, porque después se llamará Teresa Panza o Teresa
Cascajo, o Teresona o Teresaina, a lo pastoril. Avellaneda la llamó siempre Mari
Gutiérrez, como en esta ocasión Cervantes.

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