DON QUIJOTE DE LA MANCHA 671
desenterrar muchas riquezas que dejé escondidas. No hallé a mi hija, hallé el
tesoro que conmigo traigo, y agora, por el estraño rodeo que habéis visto, he
hallado el tesoro que más me enriquece, que es a mi querida hija. Si nuestra
poca culpa y sus lagrimas y las mías por la integridad de vuestra justicia pue-
den abrir puertas a la misericordia, usadla con nosotros, que jamás tuvimos
pensamiento de ofenderos, ni convenimos en ningún modo con la intención de
los nuestros, que justamente han sido desterrados.
Entonces dijo Sancho:
--Bien conozco a Ricote y sé que es verdad lo que dice en cuanto a ser Ana
Félix su hija; que en esotras zarandajas de ir y venir, tener buena o mala inten-
ción, no me entremeto.
Admirados del estraño caso todos los presentes, el general dijo:
--Una por una vuestras lagrimas no me dejarán cumplir mi juramento;
vivid, hermosa Ana Félix, los años de vida que os tiene determinados el cielo y
lleven la pena de su culpa los insolentes y atrevidos que la cometieron.
Y mandó luego ahorcar de la entena a los dos turcos que a sus dos solda-
dos habían muerto; pero el virrey le pidió encarecidamente no los ahorcase,
pues más locura que valentía había sido la suya. Hizo el general lo que el virrey
le pedía, porque no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada. Procuraron
luego dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en que quedaba.
Ofreció Ricote para ello más de dos mil ducados que en perlas y en joyas tenía.
Diéronse muchos medios, pero ninguno fue tal como el que dio el renegado
español que se ha dicho, el cual se ofreció de volver a Argel en algún barco
pequeño, de hasta seis bancos, armado de remeros cristianos, porque él sabia
dónde, cómo y cuándo podía y debía desembarcar; y, asimismo, no ignoraba
la casa donde don Gaspar quedaba.
Dudaron el general y el virrey el fiarse del renegado ni confiar de los cris-
tianos que habían de bogar el remo. Fiole Ana Félix, y Ricote, su padre, dijo que
salía a dar el rescate de los cristianos si acaso se perdiesen. Firmados, pues, en
este parecer, se desembarcó el virrey, y don Antonio Moreno se llevó consigo
a la morisca y a su padre, encargándole el virrey que los regalase y acariciase
cuanto le fuese posible; que de su parte le ofrecía lo que en su casa hubiese
para su regalo. Tanta fue la benevolencia y caridad que la hermosura de Ana
Félix infundió en su pecho.
CAPÍTULO L XIV
CAPÍ TULO L XI V
Que trata de la aventura que mas pesadumbre dio a don Quijote de cuantas
hasta entonces le habían sucedido
La mujer de don Antonio Moreno cuenta la historia que recibió grandísi-
mo contento de ver a Ana Félix en su casa; recibiola con mucho agrado, así
enamorada de su belleza como de su discreción, porque en lo uno y en lo otro
era estremada la morisca, y toda la gente de la ciudad, como a campana tañi-
da, venían a verla. Dijo don Quijote a don Antonio que el parecer que habían
tomado en la libertad de don Gregorio no era bueno, porque tenía más de peli-
groso que de conveniente, y que sería mejor que le pusiesen a él en Berbería
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