DON QUIJOTE DE LA MANCHA 661

brantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen en peso a
su lecho, y el primero que asió dél fue Sancho, diciéndole:
--¡Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis bailado ¿Pensáis que todos
los valientes son danzadores, y todos los andantes caballeros bailarines? Digo
que si lo pensáis, que estáis engañado: hombre hay que se atreverá a matar a
un gigante antes que hacer una cabriola; si hubiérades de zapatear, yo suplie-
ra vuestra falta, que zapateo como un girifalte; pero en lo del danzar no doy
puntada.
Con estas y otras razones dio que reír Sancho a los del sarao, y dio con su
amo en la cama, arropándole para que sudase la frialdad de su baile.
Otro día le pareció a don Antonio ser bien hacer la experiencia de la cabe-
za encantada, y con don Quijote, Sancho y otros dos amigos, con las dos seño-
ras que habían molido a don Quijote en el baile, que aquella propia noche se
habían quedado con la mujer de don Antonio, se encerró en la estancia donde
estaba la cabeza. Contoles la propiedad que tenía, encargoles el secreto y díjo-
les que aquel era el primero día donde se había de probar la virtud de la tal
cabeza encantada. Y si no eran los dos amigos de don Antonio, ninguna otra
persona sabía el busilis del encanto, y aun si don Antonio no se le hubiera des-
cubierto primero a sus amigos, también ellos cayeran en la admiración en que
los demás cayeron, sin ser posible otra cosa; con tal traza y tal orden estaba
fabricada.
El primero que se llegó al oído de la cabeza fue el mismo don Antonio, y
díjole en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida:
--Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra, ¿qué pensamientos
tengo yo agora?
Y la cabeza le respondió, sin mover los labios, con voz clara y distinta, de
modo que fue de todos entendida, esta razón:
--Yo no juzgo de pensamientos.
Oyendo lo cual todos quedaron atónitos, y más, viendo que en todo el
aposento ni al derredor de la mesa no había persona humana que responder
pudiese.
--¿Cuántos estamos aquí? --tornó a preguntar don Antonio, y fuele res-
pondido por el propio tenor, paso:
--Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas della, y un caba-
llero famoso llamado don Quijote de la Mancha, y un su escudero que Sancho
Panza tiene por nombre.
--¡Aquí sí que fue el admirarse de nuevo; aquí sí que fue el erizarse los
cabellos a todos, de puro espanto! Y, apartándose don Antonio de la cabeza,
dijo:
--¡Esto me basta para darme a entender que no fui engañado del que te
me vendió, cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona, y admirable
cabeza! Llegue otro y pregúntele lo que quisiere.
Y como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la pri-
mera que se llegó fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio, y lo
que le preguntó fue:
--Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?
Y fuele respondido:
--Sé muy honesta.

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