DON QUIJOTE DE LA MANCHA 73

vistos ni oídos, La Carolea y León de España, con los hechos del Emperador,
compuestos por don Luis de Ávila, que, sin duda, debían de estar entre los que
quedaban, y quizá, si el cura los viera, no pasaran por tan rigurosa sentencia.
Cuando llegaron a don Quijote, ya él estaba levantado de la cama, y pro-
seguía en sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a todas par-
tes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido; abrazáronse con él
y por fuerza le volvieron al lecho, y, después que hubo sosegado un poco, vol-
viéndose a hablar con el cura, le dijo:
--Por cierto, señor arzobispo Turpín, que es gran mengua de los que nos
llamamos Doce Pares, dejar tan sin más ni más llevar la victoria de este torneo
a los caballeros cortesanos, habiendo nosotros los aventureros ganado el prez
en los tres días antecedentes.
--Calle vuestra merced, señor compadre --dijo el cura--; que Dios será
servido que la suerte se mude y que lo que hoy se pierde se gane mañana; y
atienda vuestra merced a su salud por ahora, que me parece que debe de estar
demasiadamente cansado, si ya no es que está malherido.
--Herido, no --dijo don Quijote--, pero, molido y quebrantado, no hay
duda en ello, porque aquel bastardo de don Roldán me ha molido a palos con
el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opues-
to de sus valentías. Mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán si, en levan-
tándome de este lecho, no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamien-
tos; y, por ahora, tráiganme de yantar, que sé que es lo que más me hará al
caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo.
Hiciéronlo así, diéronle de comer, y quedose otra vez dormido y ellos admi-
rados de su locura.
Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y
en toda la casa, y tales debieron de arder que merecían guardarse en perpe-
tuos archivos; mas no lo permitió su suerte y la pereza del escrutiñador, y así
se cumplió el refrán en ellos de que pagan a las veces justos por pecadores.
Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron por entonces para el
mal de su amigo fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros, por
que, cuando se levantase, no los hallase (quizá quitando la causa, cesaría el
efecto), y que dijesen que un encantador se los había llevado, y el aposento y
todo; y así fue hecho con mucha presteza.
De allí a dos días se levantó don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a ver
sus libros, y, como no hallaba el aposento donde le había dejado, andaba de
una en otra parte buscándole. Llegaba adonde solía tener la puerta y tentába-
la con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo, sin decir palabra; pero al
cabo de una buena pieza, preguntó a su ama que hacia qué parte estaba el
aposento de sus libros.
El ama, que ya estaba bien advertida de lo que había de responder, le dijo:
--¿Qué aposento o qué nada busca vuestra merced? Ya no hay aposento
ni libros en esta casa, porque todo se lo llevó el mismo diablo.
--No era diablo --replicó la sobrina--, sino un encantador que vino sobre
una nube una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y,
apeándose de una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento y no sé
lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado y
dejó la casa llena de humo, y, cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho,

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