DON QUIJOTE DE LA MANCHA 651
llamaba no ha dos horas. Este, pues, por abreviar el cuento de mi desventura,
te diré en breves palabras la que me ha causado: viome, requebrome, escuche-
le, enamoreme a hurto de mi padre, porque no hay mujer, por retirada que
esté y recatada que sea, a quien no le sobre tiempo para poner en ejecución y
efecto sus atropellados deseos. Finalmente, él me prometió de ser mi esposo,
y yo le di la palabra de ser suya, sin que en obras pasásemos adelante. Supe
ayer que, olvidado de lo que me debía, se casaba con otra, y que esta mañana
iba a desposarse; nueva que me turbó el sentido y acabó la paciencia; y, por no
estar mi padre en el lugar, le tuve yo de ponerme en el traje que vees, y, apre-
surando el paso a este caballo, alcancé a don Vicente obra de una legua de
aquí, y, sin ponerme a dar quejas ni a oír disculpas, le disparé esta escopeta, y,
por añadidura estas dos pistolas, y a lo que creo le debí de encerrar más de dos
balas en el cuerpo, abriéndole puertas por donde envuelta en su sangre salie-
se mi honra. Allí le dejo entre sus criados, que no osaron ni pudieron ponerse
en su defensa. Vengo a buscarte para que me pases a Francia, donde tengo
parientes con quien viva, y, asimesmo, a rogarte defiendas a mi padre, porque
los muchos de don Vicente no se atrevan a tomar en él desaforada venganza.
Roque, admirado de la gallardía, bizarría, buen talle y suceso de la hermo-
sa Claudia, le dijo:
--Ven, señora, y vamos a ver si es muerto tu enemigo; que después vere-
mos lo que más te importare.
Don Quijote, que estaba escuchando atentamente lo que Claudia había
dicho y lo que Roque Guinart respondió, dijo:
--No tiene nadie para qué tomar trabajo en defender a esta señora; que
lo tomo yo a mi cargo. Denme mi caballo y mis armas y espérenme aquí; que
yo iré a buscar a ese caballero y, muerto o vivo, le haré cumplir la palabra pro-
metida a tanta belleza.
--Nadie dude de esto --dijo Sancho--, porque mi señor tiene muy buena
mano para casamentero, pues no ha muchos días que hizo casar a otro que
también negaba a otra doncella su palabra y, si no fuera porque los encanta-
dores que le persiguen le mudaron su verdadera figura en la de un lacayo, esta
fuera la hora que ya la tal doncella no lo fuera.
Roque, que atendía más a pensar en el suceso de la hermosa Claudia que
en las razones de amo y mozo, no las entendió; y, mandando a sus escuderos
que volviesen a Sancho todo cuanto le habían quitado del rucio, mandándoles
asimesmo que se retirasen a la parte donde aquella noche habían estado alo-
jados, y luego se partió con Claudia a toda priesa a buscar al herido o muerto
don Vicente. Llegaron al lugar donde le encontró Claudia y no hallaron en él
sino recién derramada sangre; pero, tendiendo la vista por todas partes, descu-
brieron por un recuesto arriba alguna gente y diéronse a entender, como era
la verdad, que debía ser don Vicente, a quien sus criados, o muerto o vivo, lle-
vaban, o para curarle o para enterrarle; diéronse priesa a alcanzarlos, que,
como iban de espacio, con facilidad lo hicieron.
Hallaron a don Vicente en los brazos de sus criados, a quien con cansada
y debilitada voz rogaba que le dejasen allí morir, porque el dolor de las heridas
no consentía que más adelante pasase. Arrojáronse de los caballos Claudia y
Roque, llegáronse a él; temieron los criados la presencia de Roque, y Claudia
se turbó en ver la de don Vicente, y así, entre enternecida y rigurosa, se llegó
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