DON QUIJOTE DE LA MANCHA 641
zagalas correspondía. Contáronle ellas que el que con ellas estaba era el vale-
roso don Quijote de la Mancha, y el otro su escudero Sancho, de quien tenía
él ya noticia por haber leído su historia. Ofreciósele el gallardo pastor, pidiole
que se viniese con él a sus tiendas; húbolo de conceder don Quijote, y así lo
hizo.
Llegó, en esto, el ojeo, llenáronse las redes de pajarillos diferentes, que,
engañados de la color de las redes, caían en el peligro de que iban huyendo;
juntáronse en aquel sitio más de treinta personas, todas bizarramente de pas-
tores y pastoras vestidas, y en un instante quedaron enteradas de quiénes eran
don Quijote y su escudero, de que no poco contento recibieron, porque ya
tenían dél noticia por su historia. Acudieron a las tiendas, hallaron las mesas
puestas, ricas, abundantes y limpias; honraron a don Quijote, dándole el primer
lugar en ellas; mirábanle todos y admirábanse de verle. Finalmente, alzados los
manteles, con gran reposo alzó don Quijote la voz, y dijo:
--Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos
dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a
lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este peca-
do, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que
tuve uso de razón y, si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con
otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas y, cuando estos no bas-
tan, las publico, porque quien dice y publica las buenas obras que recibe tam-
bién las recompensará con otras si pudiera; porque, por la mayor parte, los que
reciben son inferiores a los que dan, y así, es Dios sobre todos, porque es dador
sobre todos, y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios
con igualdad, por infinita distancia; y esta estrecheza y cortedad en cierto
modo la suple el agradecimiento. Yo, pues, agradecido a la merced que aquí
se me ha hecho, no pudiendo corresponder a la misma medida, conteniéndo-
me en los estrechos limites de mi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo
de mi cosecha, y así, digo que sustentaré dos días naturales, en metad de ese
camino real que va a Zaragoza, que estas señoras zagalas contrahechas que
aquí están son las más hermosas doncellas y más corteses que hay en el
mundo, excetando sólo a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis
pensamientos, con paz sea dicho de cuantos y cuantas me escuchan.
Oyendo lo cual Sancho, que con grande atención le había estado escu-
chando, dando una gran voz, dijo:
--¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a
jurar que este mi señor es loco? Digan vuesas mercedes, señores pastores, ¿hay
cura de aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir lo que mi
amo ha dicho, ni hay caballero andante, por mas fama que tenga de valiente,
que pueda ofrecer lo que mi amo aquí ha ofrecido?
Volviose don Quijote a Sancho y, encendido el rostro y colérico, le dijo:
--¿Es posible, oh Sancho, que haya en todo el orbe alguna persona que
diga que no eres tonto, aforrado de lo mismo, con no sé qué ribetes de mali-
cioso y de bellaco? ¿Quién te mete a ti en mis cosas y en averiguar si soy dis-
creto o majadero? Calla y no me repliques, sino ensilla, si está desensillado
Rocinante; vamos a poner en efecto mi ofrecimiento, que con la razón que va
de mi parte, puedes dar por vencidos a todos cuantos quisieren contradecirla.
Y con gran furia y muestras de enojo se levantó de la silla, dejando admi-
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