DON QUIJOTE DE LA MANCHA 631
el puesto donde habían de estar. Sonaron los atambores, llenó el aire el son de
las trompetas, temblaba debajo de los pies la tierra, estaban suspensos los cora-
zones de la mirante turba, temiendo unos y esperando otros el bueno o el mal
suceso de aquel caso. Finalmente, don Quijote, encomendándose de todo su
corazón a Dios nuestro Señor y a la señora Dulcinea del Toboso, estaba aguar-
dando que se le diese señal precisa de la arremetida.
Empero nuestro lacayo tenía diferentes pensamientos; no pensaba él sino
en lo que agora diré: Parece ser que cuando estuvo mirando a su enemiga le
pareció la más hermosa mujer que había visto en toda su vida, y el niño cegue-
zuelo a quien suelen llamar de ordinario Amor por esas calles, no quiso perder
la ocasión que se le ofreció de triunfar de una alma lacayuna y ponerla en la
lista de sus trofeos, y, así, llegándose a él bonitamente, sin que nadie le viese,
le envasó al pobre lacayo una flecha de dos varas por el lado izquierdo y le pasó
el corazón de parte a parte, y púdolo hacer bien al seguro, porque el amor es
invisible y entra y sale por do quiere, sin que nadie le pida cuenta de sus
hechos.
Digo, pues, que cuando dieron la señal de la arremetida, estaba nuestro
lacayo transportado, pensando en la hermosura de la que ya había hecho seño-
ra de su libertad, y así, no atendió al son de la trompeta, como hizo don
Quijote, que, apenas la hubo oído, cuando arremetió; y a todo el correr que
permitía Rocinante, partió contra su enemigo, y, viéndole partir su buen escu-
dero Sancho, dijo a grandes voces:
--¡Dios te guíe, nata y flor de los andantes caballeros; Dios te dé la vito-
ria, pues llevas la razón de tu parte!
Y aunque Tosilos vio venir contra sí a don Quijote, no se movió un paso de
su puesto; antes, con grandes voces, llamó al maese de campo, el cual, venido
a ver lo que quería, le dijo:
--Señor, ¿esta batalla no se hace porque yo me case, o no me case, con
aquella señora?
--Así es --le fue respondido.
--Pues yo --dijo el lacayo--, soy temeroso de mi conciencia y pondríala en
gran cargo si pasase adelante en esta batalla, y así digo que yo me doy por ven-
cido y que quiero casarme luego con aquella señora.
Quedó admirado el maese de campo de las razones de Tosilos y, como era
uno de los sabidores de la máquina de aquel caso, no le supo responder pala-
bra. Detúvose don Quijote en la mitad de su carrera viendo que su enemigo no
le acometía. El duque no sabia la ocasión por que no se pasaba adelante en la
batalla; pero el maese de campo le fue a declarar lo que Tosilos decía, de lo
que quedó suspenso y colérico en estremo.
En tanto que esto pasaba, Tosilos se llegó adonde doña Rodríguez estaba,
y dijo a grandes voces:
--Yo, señora, quiero casarme con vuestra hija, y no quiero alcanzar por
pleitos ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz, y sin peligro de la muerte.
Oyó esto el valeroso don Quijote, y dijo:
--Pues esto así es, yo quedo libre y suelto de mi promesa; cásense en hora
buena y, pues Dios nuestro Señor se la dio, San Pedro se la bendiga.
El duque había bajado a la plaza del castillo y, llegándose a Tosilos, le dijo:
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