MIGUEL DE CERVANTES
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Roncesvalles; que estos, en llegando a mis manos, han de estar en las del ama
y de ellas en las del fuego, sin remisión alguna.
Todo lo confirmó el barbero, y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada,
por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad que
no diría otra cosa por todas las del mundo. Y, abriendo otro libro, vio que era
Palmerín de Oliva, y junto a él estaba otro que se llamaba Palmerín de
Ingalaterra. Lo cual visto por el licenciado, dijo:
--Esa oliva se haga luego rajas y se queme, que aún no queden de ella las
cenizas; y esa palma de Ingalaterra se guarde y se conserve como a cosa única,
y se haga para ello otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de
Darío, que la diputó para guardar en ella las obras del poeta Homero. Este libro,
señor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una, porque él por sí es muy
bueno; y la otra, porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal.
Todas las aventuras del castillo de Miraguarda son bonísimas y de grande arti-
ficio, las razones cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que
habla con mucha propiedad y entendimiento. Digo, pues, salvo vuestro buen
parecer, señor maese Nicolás, que este y Amadís de Gaula queden libres del
fuego, y todos los demás, sin hacer más cala y cata, perezcan.
--No, señor compadre, replicó el barbero--; que este que aquí tengo es el
afamado Don Belianís.
--Pues ese --replicó el cura--, con la segunda, tercera y cuarta parte, tie-
nen necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya,
y es menester quitarles todo aquello del castillo de la Fama y otras impertinen-
cias de más importancia, para lo cual se les da término ultramarino, y, como se
enmendaren, así se usará con ellos de misericordia o de justicia; y, en tanto,
tenedlos vos, compadre, en vuestra casa; mas no los dejéis leer a ninguno.
--Que me place --respondió el barbero.
Y sin querer cansarse más en leer libros de caballerías, mandó al ama que
tomase todos los grandes y diese con ellos en el corral. No se dijo a tonta ni a
sorda, sino a quien tenía más gana de quemarlos que de echar una tela, por
grande y delgada que fuera, y, asiendo casi ocho de una vez, los arrojó por la
ventana. Por tomar muchos juntos, se le cayo uno a los pies del barbero, que
le tomó gana de ver de quién era, y vio que decía: Historia del famoso
Caballero Tirante el Blanco.
--¡Válgame Dios! --dijo el cura, dando una gran voz--; ¡que aquí esté
Tirante el Blanco! Dádmele acá, compadre, que hago cuenta que he hallado en
él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don
Quirieleisón de Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de
Montalbán, y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo
con el alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y
embustes de la viuda Reposada, y la señora Emperatriz, enamorada de Hipólito
su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que por su estilo es este el mejor
libro del mundo; aquí comen los caballeros y duermen y mueren en sus camas
y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todos los
demás libros de este género carecen. Con todo eso, os digo que merecía el que
le compuso, pues no hizo tantas necedades de industria, que le echaran a gale-
ras por todos los días de su vida. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es ver-
dad cuanto de él os he dicho.
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