DON QUIJOTE DE LA MANCHA 69
revueltas razones de su autor, quemaré con ellos al padre que me engendró, si
anduviera en figura de caballero andante.
--De ese parecer soy yo --dijo el barbero.
--Y aun yo --añadió la sobrina.
--Pues así es --dijo el ama--, vengan, y al corral con ellos.
Diéronselos, que eran muchos, y ella ahorró la escalera, y dio con ellos por
la ventana abajo.
--¿Quién es ese tonel? --dijo el cura.
--Este es --respondió el barbero-- Don Olivante de Laura.
--El autor de ese libro --dijo el cura-- fue el mismo que compuso a Jardín
de flores, y en verdad que no sepa determinar cuál de los dos libros es más ver-
dadero, o, por decir mejor, menos mentiroso. Sólo sé decir que este irá al corral
por disparatado y arrogante.
--Este que se sigue es Florismarte de Hircania --dijo el barbero.
--¿Ahí está el señor Florismarte?, replicó el cura--. Pues a fe que ha de
parar presto en el corral, a pesar de su extraño nacimiento y sonadas aventu-
ras; que no da lugar a otra cosa la dureza y sequedad de su estilo. Al corral con
él y con esotro, señora ama.
--Que me place, señor mío, respondía ella, y con mucha alegría ejecutaba
lo que le era mandado.
--Este es El caballero Platir --dijo el barbero.
--Antiguo libro es ese --dijo el cura--, y no hallo en él cosa que merezca
venia; acompañe a los demás sin réplica.
Y así fue hecho.
Abriose otro libro, y vieron que tenía por título El Caballero de la Cruz.
--Por nombre tan santo como este libro tiene, se podía perdonar su igno-
rancia; mas también se suele decir: «tras la cruz está el diablo»; vaya al fuego.
Tomando el barbero otro libro dijo:
--Este es Espejo de caballerías.
--Ya conozco a su merced --dijo el cura--; ahí anda el señor Reinaldos de
Montalbán con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco, y los doce
Pares con el verdadero historiador Turpín, y, en verdad, que estoy por conde-
narlos no más que a destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la
invención del famoso Mateo Boyardo, de donde también tejió su tela el cristia-
no poeta Ludovico Ariosto, al cual, si aquí le hallo y que habla en otra lengua
que la suya, no le guardaré respeto alguno; pero, si habla en su idioma, le pon-
dré sobre mi cabeza.
--Pues yo le tengo en italiano --dijo el barbero--, mas no le entiendo.
--Ni aun fuera bien que vos le entendiérades --respondió el cura--; y aquí
le perdonáramos al señor capitán que no le hubiera traído a España y hecho
castellano, que le quitó mucho de su natural valor; y lo mismo harán todos
aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua; que, por mucho
cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que
ellos tienen en su primer nacimiento. Digo, en efecto, que este libro y todos los
que se hallaren que tratan de estas cosas de Francia, se echen y depositen en
un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de hacer de ellos,
exceptuando a un Bernardo del Carpio que anda por ahí, y a otro llamado
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