DON QUIJOTE DE LA MANCHA 67

gigantes como cuatro torres, y el sudor que sudaba del cansancio decía que era
sangre de las heridas que había recibido en la batalla, y bebíase luego un gran
jarro de agua fría y quedaba sano y sosegado, diciendo que aquella agua era
una preciosísima bebida que le había traído el sabio Esquife, un grande encan-
tador y amigo suyo. Mas yo me tengo la culpa de todo, que no avisé a vues-
tras mercedes de los disparates de mi señor tío, para que lo remediaran antes
de llegar a lo que ha llegado y quemaran todos estos descomulgados libros;
que tiene muchos, que bien merecen ser abrasados como si fuesen de herejes.
--Esto digo yo también --dijo el cura--, y a fe que no se pase el día de
mañana sin que de ellos no se haga acto público y sean condenados al fuego,
porque no den ocasión a quien los leyere de hacer lo que mi buen amigo debe
de haber hecho.
Todo esto estaban oyendo el labrador y don Quijote, con que acabó de
entender el labrador la enfermedad de su vecino, y así, comenzó a decir a
voces:
--Abran vuestras mercedes al señor Valdovinos y al señor Marqués de
Mantua, que viene malferido; y al señor moro Abindarráez, que trae cautivo el
valeroso Rodrigo de Narváez, alcaide de Antequera.
A estas voces salieron todos y, como conocieron los unos a su amigo, las
otras a su amo y tío, que aún no se había apeado del jumento porque no podía,
corrieron a abrazarle. Él dijo:
--Ténganse todos; que vengo malferido por la culpa de mi caballo.
Llévenme a mi lecho y llámese, si fuere posible, a la sabía Urganda, que cure y
cate de mis heridas.
--¡Mirá en hora maza --dijo a este punto el ama--, si me decía a mi bien
mi corazón del pie que cojeaba mi señor! Suba vuestra merced en buen hora,
que, sin que venga esa Urgada14, le sabremos aquí curar. ¡Malditos, digo, sean
otra vez y otras ciento estos libros de caballerías, que tal han parado a vuestra
merced!
Lleváronle luego a la cama y, catándole las heridas, no le hallaron ningu-
na; y él dijo que todo era molimiento, por haber dado una gran caída con
Rocinante, su caballo, combatiéndose con diez jayanes, los más desaforados y
atrevidos que se pudieran hallar en gran parte de la tierra.
--¡Ta, ta! --dijo el cura--; ¿jayanes hay en la danza? Para mi santiguada,
que yo los queme mañana antes que llegue la noche.
Hiciéronle a don Quijote mil preguntas, y a ninguna quiso responder otra
cosa sino que le diesen de comer y le dejasen dormir, que era lo que más le
importaba. Hízose así y el cura se informó muy a la larga del labrador, del modo
que había hallado a don Quijote; él se lo contó todo, con los disparates que al
hallarle y al traerle había dicho, que fue poner más deseo en el licenciado de
hacer lo que otro día hizo, que fue llamar a su amigo el barbero maese Nicolás,
con el cual se vino a casa de don Quijote.


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14 La deformación vulgar de nombres propios o de palabras cultas hechas por los per-
sonajes iletrados, como Sancho y aquí el ama, es un recurso de comicidad muy
empleado por Cervantes: Urganda es «Urgada», Hircania es «Ocaña», Benengeli es
«Berenjena», Frestón es «Fritón», Mambrino es «Malino».

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