DON QUIJOTE DE LA MANCHA 591

Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice que por Mahoma que diera
por ver ir a los dos así asidos y trabados desde la puerta al lecho la mejor alma-
lafa de dos que tenía.
Entrose, en fin, don Quijote en su lecho, y quedose doña Rodríguez senta-
da en una silla, algo desviada de la cama, no quitándose los antojos ni la vela.
Don Quijote se acorrucó y se cubrió todo, no dejando más de el rostro descu-
bierto y, habiéndose los dos sosegado, el primero que rompió el silencio fue
don Quijote, diciendo:
--Puede vuesa merced ahora, mi señora doña Rodríguez, descoserse y des-
buchar todo aquello que tiene dentro de su cuitado corazón y lastimadas entra-
ñas; que será de mí escuchada con castos oídos y socorrida con piadosas obras.
--Así lo creo yo --respondió la dueña--; que de la gentil y agradable pre-
sencia de vuesa merced no se podía esperar sino tan cristiana respuesta. Es,
pues, el caso, señor don Quijote, que aunque vuesa merced me vee sentada en
esta silla y en la mitad del reino de Aragón, y en hábito de dueña aniquilada y
asendereada, soy natural de las Asturias de Oviedo y de linaje que atraviesan
por él muchos de los mejores de aquella provincia. Pero mi corta suerte y el des-
cuido de mis padres, que empobrecieron antes de tiempo sin saber cómo ni
cómo no, me trujeron a la corte, a Madrid, donde, por bien de paz y por escu-
sar mayores desventuras, mis padres me acomodaron a servir de doncella de
labor a una principal señora; y quiero hacer sabidor a vuesa merced que en
hacer vainillas y labor blanca ninguna me ha echado el pie adelante en toda la
vida. Mis padres me dejaron sirviendo y se volvieron a su tierra, y de allí a pocos
años se debieron de ir al cielo, porque eran a demás buenos y católicos cristia-
nos; quedé huérfana y atenida al miserable salario y a las angustiadas merce-
des que a las tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin que
diese yo ocasión a ello, se enamoró de mí un escudero de casa, hombre ya en
días, barbudo y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, porque era
montañés. No tratamos tan secretamente nuestros amores que no viniesen a
noticia de mi señora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos casó en paz y en
haz de la santa madre Iglesia católica romana, de cuyo matrimonio nació una
hija para rematar con mi ventura, si alguna tenía, no porque yo muriese del
parto, que le tuve derecho y en sazón, sino porque desde allí a poco murió mi
esposo de un cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora lugar para contarle,
yo sé que vuesa merced se admirara.
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente, y dijo:
--Perdóneme vuesa merced, señor don Quijote; que no va más en mi
mano, porque todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arra-
san los ojos de lágrimas. ¡Válame Dios, y con qué autoridad llevaba a mi seño-
ra a las ancas de una poderosa mula, negra como el mismo azabache!; que
entonces no se usaban coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las
señoras iban a las ancas de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de
contarlo, porque se note la crianza y puntualidad de mi buen marido. Al entrar
de la calle de Santiago, en Madrid, que es algo estrecha, venía a salir por ella
un alcalde de Corte, con dos alguaciles delante, y, así como mi buen escudero
le vio, volvió las riendas a la mula, dando señal de volver a acompañarle. Mi
señora, que iba a las ancas, con voz baja le decía: «¿Qué hacéis, desventurado,
no veis que voy aquí?» El alcalde, de comedido, detuvo la rienda al caballo, y

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