MIGUEL DE CERVANTES
66

los ponía en el cielo; de modo que de nuevo obligó a que el labrador le pre-
guntase le dijese qué mal sentía. Y no parece sino que el diablo le traía a la
memoria los cuentos acomodados a sus sucesos, porque en aquel punto, olvi-
dándose de Valdovinos, se acordó del moro Abindarráez cuando el alcaide de
Antequera, Rodrigo de Narváez, le prendió y llevó cautivo a su alcaidía. De
suerte que, cuando el labrador le volvió a preguntar que cómo estaba y qué
sentía, le respondió las mismas palabras y razones que el cautivo Abencerraje
respondía a Rodrigo de Narváez, del mismo modo que él había leído la histo-
ria en la Diana, de Jorge de Montemayor, donde se escribe, aprovechándose
de ella tan a propósito, que el labrador se iba dando al diablo de oír tanta
máquina de necedades; por donde conoció que su vecino estaba loco y dába-
le prisa a llegar al pueblo por excusar el enfado que don Quijote le causaba con
su larga arenga. Al cabo de lo cual dijo:
--Sepa vuestra merced, señor don Rodrigo de Narváez, que esta hermosa
Jarifa, que he dicho, es ahora la linda Dulcinea del Toboso, por quien yo he
hecho, hago y haré los más famosos hechos de caballerías que se han visto,
vean ni verán en el mundo.
A esto respondió el labrador:
--Mire vuestra merced, señor, ¡pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo
de Narváez, ni el Marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra
merced es Valdovinos ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor
Quijana.
--Yo sé quién soy --respondió don Quijote--, y sé que puedo ser, no sólo
los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia, y aun todos los Nueve
de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí
hicieron se aventajarán las mías.
En estas pláticas y en otras semejantes llegaron al lugar a la hora que ano-
checía; pero el labrador aguardó a que fuese algo más noche, por que no vie-
sen al molido hidalgo tan mal caballero. Llegada, pues, la hora que le pareció,
entró en el pueblo y en la casa de don Quijote, la cual halló toda alborotada, y
estaban en ella el cura y el barbero del lugar, que eran grandes amigos de don
Quijote, que estaba diciéndoles su ama a voces:
--¿Qué le parece a vuestra merced, señor licenciado Pero Pérez (que así se
llamaba el cura), de la desgracia de mi señor? Tres días ha que no aparecen él,
ni el rocín, ni la adarga, ni la lanza, ni las armas. ¡Desventurada de mí, que me
doy a entender, y así es ello la verdad como nací para morir, que estos maldi-
tos libros de caballerías que él tiene y suele leer tan de ordinario le han vuelto
el juicio; que ahora me acuerdo haberle oído decir muchas veces, hablando
entre sí, que quería hacerse caballero andante e irse a buscar las aventuras por
esos mundos. Encomendados sean a Satanás y a Barrabás tales libros, que así
han echado a perder el más delicado entendimiento que había en toda la
Mancha.
La sobrina decía lo mismo, y aún decía mas:
--Sepa, señor maese Nicolás --que este era el nombre del barbero--, que
muchas veces le aconteció a mi señor tío estarse leyendo en estos desalmados
libros de desventuras dos días con sus noches, al cabo de los cuales arrojaba el
libro de las manos y ponía mano a la espada y andaba a cuchilladas con las
paredes, y, cuando estaba muy cansado, decía que había muerto a cuatro

57