DON QUIJOTE DE LA MANCHA 571

gozar el mundo de la belleza de tan gran señora.
A lo cual dijo don Quijote:
--Vuestra altitud ha hablado como quien es; que en la boca de las buenas
señoras no ha de haber ninguna que sea mala, y más venturosa y más conoci-
da será en el mundo Dulcinea por haberla alabado vuestra grandeza que por
todas las alabanzas que puedan darle los más elocuentes de la tierra.
--Agora bien, señor don Quijote --replicó la duquesa--, la hora de cenar
se llega y el duque debe de esperar; venga vuesa merced y cenemos, y acosta-
rase temprano; que el viaje que ayer hizo de Candaya no fue tan corto que no
haya causado algún molimiento.
--No siento ninguno, señora --respondió don Quijote--, porque osaré
jurar a vuestra excelencia que en mi vida he subido sobre bestia más reposada,
ni de mejor paso que Clavileño, y no sé yo qué le pudo mover a Malambruno
para deshacerse de tan ligera y tan gentil cabalgadura, y abrasarla así, sin más
ni más.
--A eso se puede imaginar --respondió la duquesa-- que, arrepentido del
mal que había hecho a la Trifaldi y compañía, y a otras personas, y de las mal-
dades que, como hechicero y encantador, debía de haber cometido, quiso con-
cluir con todos los instrumentos de su oficio, y como a principal y que más le
traía desasosegado, vagando de tierra en tierra, abrasó a Clavileño; que con sus
abrasadas cenizas, y con el trofeo del cartel queda eterno el valor del gran don
Quijote de la Mancha.
De nuevo nuevas gracias dio don Quijote a la duquesa, y, en cenando don
Quijote, se retiró en su aposento solo, sin consentir que nadie entrase con él a
servirle: tanto se temía de encontrar ocasiones que le moviesen o forzasen a
perder el honesto decoro que a su señora Dulcinea guardaba, siempre puesta
en la imaginación la bondad de Amadís, flor y espejo de los andantes caballe-
ros. Cerro tras sí la puerta, y a la luz de dos velas de cera se desnudó y, al des-
calzarse (¡oh desgracia indigna de tal personal) se le soltaron, no suspiros, ni
otra cosa que desacreditasen la limpieza de su policía, sino hasta dos docenas
de puntos de una media, que quedó hecha celosía. Afligiose en estremo el
buen señor, y diera él por tener allí un adarme de seda verde una onza de plata;
digo seda verde, porque las medias eran verdes.
Aquí exclamó Benengeli, y escribiendo, dijo: «¡Oh pobreza, pobreza, no sé
yo con qué razón se movió aquel gran poeta cordobés183 a llamarte "dádiva
santa desagradecida"!. Yo, aunque moro, bien sé, por la comunicación que he
tenido con cristianos, que la santidad consiste en la caridad, humildad, fee,
obediencia y pobreza; pero, con todo eso, digo que ha de tener mucho de Dios
el que se viniere a contentar con ser pobre, si no es de aquel modo de pobre-
za de quien dice uno de sus mayores santos184: "Tened todas las cosas como si
no las tuviesedes", y a esto llaman pobreza de espíritu; pero tú, segunda
pobreza, que eres de la que yo hablo, ¿por qué quieres estrellarte con los hidal-
gos y bien nacidos más que con la otra gente? ¿Por qué los obligas a dar pan-
talia a los zapatos, y a que los botones de sus ropillas unos sean de seda, otros
de cerdas y otros de vidro? ¿Por qué sus cuellos, por la mayor parte, han de ser
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183 Juan de Mena.
184 San Pablo.

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