DON QUIJOTE DE LA MANCHA 561
pareció como un grano de mostaza, y cada hombre como una avellana, un
hombre solo había de cubrir toda la tierra.
--Así es verdad --respondió Sancho--, pero con todo eso la descubrí por
un ladito, y la vi toda.
--Mirad, Sancho --dijo la duquesa--, que por un ladito no se vee el todo
de lo que se mira.
--Yo no sé esas miradas --replicó Sancho--; sólo sé que será bien que
vuestra señoría entienda que, pues volábamos por encantamento, por encan-
tamento podía yo ver toda la tierra y todos los hombres por do quiera que los
mirara. Y si esto no se me cree, tampoco creerá vuesa merced cómo, descu-
briéndome por junto a las cejas, me vi tan junto al cielo que no había de mí a
él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es muy grande a
demás; y sucedió que íbamos por parte donde están las siete cabrillas, y, en
Dios y en mi ánima, que como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así
como las vi, me dio una gana de entretenerme con ellas un rato. Y si no le cum-
pliera, me parece que reventara. Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir
nada a nadie, ni a mi señor tampoco, bonita y pasitamente me apeé de
Clavileño y me entretuve con las cabrillas, que son como unos alhelíes y como
unas flores, casi tres cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un lugar, ni
pasó adelante.
--Y ¿en tanto que el buen Sancho se entretenía con las cabras --pregun-
tó el duque--, en qué se entretenía el señor don Quijote?
A lo que don Quijote respondió:
--Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natu-
ral, no es mucho que Sancho diga lo que dice; de mí sé decir que ni me descu-
brí por alto ni por bajo, ni vi el cielo, ni la tierra, ni la mar, ni las arenas. Bien es
verdad que sentí que pasaba por la región del aire, y aun que tocaba a la del
fuego; pero que pasásemos de allí, no lo puedo creer, pues, estando la región
del fuego entre el cielo de la luna y la última región del aire, no podíamos lle-
gar al cielo donde están las siete cabrillas, que Sancho dice, sin abrasarnos; y
pues no nos asuramos, o Sancho miente, o Sancho sueña.
--Ni miento, ni sueño --respondió Sancho--; si no, pregúntenme las
señas de las tales cabras, y por ellas verán si digo verdad o no.
--Dígalas, pues, Sancho --dijo la duquesa.
--Son --respondió Sancho--, las dos verdes, las dos encarnadas, las dos
azules, y la una de mezcla.
--Nueva manera de cabras es esa --dijo el duque--, y por esta nuestra
región del suelo no se usan tales colores, digo, cabras de tales colores.
--Bien claro está eso --dijo Sancho--; sí, que diferencia ha de haber de las
cabras del cielo a las del suelo.
--Decidme, Sancho --preguntó el duque--, ¿vistes allá entre esas cabras
algún cabrón?
--No señor --respondió Sancho--, pero oí decir que ninguno pasaba de
los cuernos de la luna.
No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba
Sancho hilo de pasearse por todos los cielos, y dar nuevas de cuanto allá pasa-
ba, sin haberse movido del jardín. En resolución, este fue el fin de la aventura
de la dueña Dolorida, que dio que reír a los duques, no sólo aquel tiempo, sino
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