DON QUIJOTE DE LA MANCHA 63
Pero, al fin, le desató y le dio licencia que fuese a buscar su juez para que
ejecutase la pronunciada sentencia. Andrés se partió algo mohíno, jurando de
ir a buscar al valeroso don Quijote de la Mancha y contarle punto por punto lo
que había pasado, y que se lo había de pagar con las setenas. Pero, con todo
esto, él se partió llorando y su amo se quedó riendo.
Y de esta manera deshizo el agravio el valeroso don Quijote, el cual, con-
tentísimo de lo sucedido, pareciéndole que había dado felicísimo y alto princi-
pio a sus caballerías, con gran satisfacción de sí mismo iba caminando hacia su
aldea, diciendo a media voz:
--Bien te puedes llamar dichosa sobre cuantas hoy viven en la tierra, ¡oh
sobre las bellas bella Dulcinea del Toboso!, pues te cupo en suerte tener suje-
to y rendido a toda tu voluntad e talante a un tan valiente y tan nombrado
caballero como lo es y será don Quijote de la Mancha. El cual, como todo el
mundo sabe, ayer rescibió la orden de caballería, y hoy ha desfecho el mayor
tuerto y agravio que formó la sinrazón y cometió la crueldad. Hoy quitó el láti-
go de la mano a aquel despiadado enemigo, que tan sin ocasión vapuleaba a
aquel delicado infante.
En esto llegó a un camino que en cuatro se dividía, y luego se le vino a la
imaginación las encrucijadas donde los caballeros andantes se ponían a pensar
cuál camino de aquellos tomarían, y, por imitarlos, estuvo un rato quedo y, al
cabo de haberlo muy bien pensado, soltó la rienda a Rocinante, dejando a la
voluntad del rocín la suya, el cual siguió su primer intento, que fue el irse cami-
no de su caballeriza.
Y, habiendo andado como dos millas, descubrió don Quijote un grande
tropel de gente que, como después se supo, eran unos mercaderes toledanos
que iban a comprar seda a Murcia. Eran seis, y venían con sus quitasoles, con
otros cuatro criados a caballo y tres mozos de mulas a pie. Apenas los divisó
don Quijote, cuando se imaginó ser cosa de nueva aventura; y, por imitar en
todo cuanto a él le parecía posible los pasos que había leído en sus libros, le
pareció venir allí de molde uno que pensaba hacer. Y así, con gentil continen-
te y denuedo, se afirmó bien en los estribos, apretó la lanza, llegó la adarga al
pecho y, puesto en la mitad del camino, estuvo esperando que aquellos caba-
lleros andantes llegasen, que ya él por tales los tenía y juzgaba, y, cuando lle-
garon a trecho que se pudieron ver y oír, levantó don Quijote la voz y, con ade-
mán arrogante, dijo:
--Todo el mundo se tenga si todo el mundo no confiesa que no hay en el
mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par
Dulcinea del Toboso.
Paráronse los mercaderes al son de estas razones y a ver la extraña figura
del que las decía, y por la figura y por las razones luego echaron de ver la locu-
ra de su dueño; mas quisieron ver despacio en qué paraba aquella confesión
que se les pedía, y uno de ellos, que era un poco burlón y muy mucho discre-
to, le dijo:
--Señor caballero, nosotros no conocemos quién sea esa buena señora
que decís; mostrádnosla, que, si ella fuere de tanta hermosura como significáis,
de buena gana y sin apremio alguno confesaremos la verdad que por parte
vuestra nos es pedida.
--Si os la mostrara --replicó don Quijote--, ¿qué hiciérades vosotros en
confesar una verdad tan notoria? La importancia está en que, sin verla, lo
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