DON QUIJOTE DE LA MANCHA 551
lachrymis? 177, puesto sobre un caballo de madera, pareció encima de la sepul-
tura de la reina el gigante Malambruno, primo cormano de Maguncia, que,
junto con ser cruel, era encantador, el cual, con sus artes, en venganza de la
muerte de su cormana y por castigo del atrevimiento de don Clavijo y por des-
pecho de la demasía de Antonomasia, los dejó encantados sobre la mesma
sepultura; a ella convertida en una jimia de bronce, y a él en un espantoso
cocodrilo de un metal no conocido, y entre los dos está un padrón asimismo
de metal, y en él escritas en lengua siríaca unas letras, que, habiéndose decla-
rado en la candayesca, y ahora en la castellana, encierran esta sentencia: No
cobrarán su primera forma estos dos atrevidos amantes, hasta que el valeroso
Manchego venga conmigo a las manos en singular batalla; que para sólo su
gran valor guardan los hados esta nunca vista aventura. Hecho esto, sacó de la
vaina un ancho y desmesurado alfanje, y, asiéndome a mí por los cabellos, hizo
finta de querer segarme la gola y cortarme cercén la cabeza. Turbeme, pegó-
seme la voz a la garganta, quedé mohína en todo estremo; pero con todo me
esforcé lo más que pude, y, con voz tembladora y doliente, le dije tantas y tales
cosas que le hicieron suspender la ejecución de tan riguroso castigo.
Finalmente, hizo traer ante sí todas las dueñas de palacio, que fueron estas que
están presentes, y después de haber exagerado nuestra culpa y vituperado las
condiciones de las dueñas, sus malas mañas y peores trazas, y, cargando a
todas la culpa que yo sola tenía, dijo que no quería con pena capital castigar-
nos, sino con otras penas dilatadas que nos diesen una muerte civil y continua,
y en aquel mismo momento y punto que acabó de decir esto, sentimos todas
que se nos abrían los poros de la cara y que por toda ella nos punzaban como
con puntas de agujas; acudimos luego con las manos a los rostros y hallámo-
nos de la manera que ahora veréis.
Y luego la Dolorida y las demás dueñas alzaron los antifaces con que
cubiertas venían, y descubrieron los rostros todos poblados de barbas, cuáles
rubias, cuáles negras, cuáles blancas, y cuáles albarrazadas, de cuya vista mos-
traron quedar admirados el duque y la duquesa, pasmados don Quijote y
Sancho, y atónitos todos los presentes, y la Trifaldi prosiguió:
--Desta manera nos castigó aquel follón y malintencionado de
Malambruno, cubriendo la blandura y morbidez de nuestros rostros con la
aspereza destas cerdas; que pluguiera al cielo que antes con su desmesurado
alfanje nos hubiera derribado las testas, que no que nos asombrara la luz de
nuestras caras con esta borra que nos cubre, porque si entramos en cuenta,
señores míos (y esto que voy a decir agora lo quisiera decir hechos mis ojos
fuentes, pero la consideración de nuestra desgracia y los mares que hasta aquí
han llovido, los tienen sin humor y secos como aristas, y, así, lo diré sin lágri-
mas), digo, pues, que ¿adónde podrá ir una dueña con barbas? ¿Qué padre o
qué madre se dolerá della? ¿Quién la dará ayuda? Pues aun cuando tiene la tez
lisa y el rostro martirizado con mil suertes de menjurjes y mudas apenas halla
quien bien la quiera, ¿qué hará cuando descubra hecho un bosque su rostro?
¡Oh dueñas y compañeras mías, en desdichado punto nacimos, en hora men-
guada nuestros padres nos engendraron!
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177 «¿Quién al oírlo podrá contener las lágrimas?» Cita burlesca de la Eneida de
Virgilio.
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