DON QUIJOTE DE LA MANCHA 61
cual, casi conociendo la querencia, con tanta gana comenzó a caminar, que
parecía que no ponía los pies en el suelo.
No había andado mucho, cuando le pareció que a su diestra mano, de la
espesura de un bosque que allí estaba, salían unas voces delicadas, como de
persona que se quejaba, y, apenas las hubo oído, cuando dijo:
--Gracias doy al cielo por la merced que me hace, pues tan presto me
pone ocasiones delante donde yo pueda cumplir con lo que debo a mi profe-
sión y donde pueda coger el fruto de mis buenos deseos. Estas voces, sin duda,
son de algún menesteroso o menesterosa que ha menester mi favor y ayuda.
Y, volviendo las riendas, encaminó a Rocinante hacia donde le pareció que
las voces salían. Y, a pocos pasos que entró por el bosque, vio atada una yegua
a una encina, y atado en otra a un muchacho, desnudo de medio cuerpo arri-
ba, hasta de edad de quince años, que era el que las voces daba, y no sin causa,
porque le estaba dando con una pretina muchos azotes un labrador de buen
talle, y cada azote le acompañaba con una reprehensión y consejo. Porque
decía:
--La lengua queda, y los ojos listos.
Y el muchacho respondía:
--No lo haré otra vez, señor mío; por la pasión de Dios, que no lo haré otra
vez, y yo prometo de tener de aquí adelante más cuidado con el hato.
Y viendo don Quijote lo que pasaba, con voz airada dijo:
--Descortés caballero, mal parece tomaros con quien defender no se
puede; subid sobre vuestro caballo y tomad vuestra lanza (que también tenía
una lanza arrimada a la encina adonde estaba arrimada la yegua), que yo os
haré conocer ser de cobardes lo que estáis haciendo.
El labrador, que vio sobre sí aquella figura llena de armas, blandiendo la
lanza sobre su rostro, túvose por muerto, y con buenas palabras respondió:
--Señor caballero, este muchacho que estoy castigando es un mi criado
que me sirve de guardar una manada de ovejas que tengo en estos contornos,
el cual es tan descuidado que cada día me falta una; y, porque castigo su des-
cuido, o bellaquería, dice que lo hago de miserable, por no pagarle la soldada
que le debo, y en Dios y en mi ánima que miente.
--¿Miente delante de mí, ruin villano? --dijo don Quijote--. Por el sol que
nos alumbra que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza; pagadle
luego sin más replica; si no, por el Dios que nos rige que os concluya y aniqui-
le en este punto. Desatadlo luego.
El labrador bajó la cabeza, y, sin responder palabra, desató a su criado, al
cual preguntó don Quijote que cuánto le debía su amo; él dijo que nueve
meses, a siete reales cada mes. Hizo la cuenta don Quijote y halló que monta-
ban sesenta y tres reales, y díjole al labrador que al momento los desembolsa-
se, si no quería morir por ello. Respondió el medroso villano que para el paso
en que estaba y juramento que había hecho (y aún no había jurado nada), que
no eran tantos, porque se le habían de descontar y recibir en cuenta tres pares
de zapatos que le había dado, y un real de dos sangrías que le habían hecho
estando enfermo.
--Bien está todo eso --replicó don Quijote--; pero quédense los zapatos
y las sangrías por los azotes que sin culpa le habéis dado; que si él rompió el
cuero de los zapatos que vos pagastes, vos le habéis rompido el de su cuerpo;
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