DON QUIJOTE DE LA MANCHA 531

--Llévele --dijo la duquesa--, Sancho al gobierno, y allá le podrá regalar
como quisiere, y aun jubilarle del trabajo.
--No piense vuesa merced, señora duquesa, que ha dicho mucho --dijo
Sancho--; que yo he visto ir más de dos asnos a los gobiernos, y que llevase yo
el mío no sería cosa nueva.
Las razones de Sancho renovaron en la duquesa la risa y el contento, y,
enviándole a reposar, ella fue a dar cuenta al duque de lo que con él había
pasado; y entre los dos dieron traza y orden de hacer una burla a don Quijote
que fuese famosa y viniese bien con el estilo caballeresco; en el cual le hicieron
muchas, tan propias y discretas, que son las mejores aventuras que en esta
grande historia se contienen.


CAPÍTULO XXXIV
CAPÍ TULO X X XI V

Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de
desencantar la sin par Dulcinea del Toboso,
que es una de las aventuras más famosas deste libro

Grande era el gusto que recebían el duque y la duquesa de la conversación
de don Quijote y de la de Sancho Panza, y, confirmándose en la intención que
tenían de hacerles algunas burlas que llevasen vislumbres y apariencias de
aventuras, tomaron motivo de la que don Quijote ya les había contado de la
cueva de Montesinos para hacerle una que fuese famosa (pero de lo que más
la duquesa se admiraba era que la simplicidad de Sancho fuese tanta, que
hubiese venido a creer ser verdad infalible que Dulcinea del Toboso estuviese
encantada, habiendo sido él mesmo el encantador y el embustero de aquel
negocio); y, así, habiendo dado orden a sus criados de todo lo que habían de
hacer, de allí a seis días le llevaron a caza de montería, con tanto aparato de
monteros y cazadores como pudiera llevar un rey coronado. Diéronle a don
Quijote un vestido de monte y a Sancho otro verde, de finísimo paño; pero don
Quijote no se le quiso poner, diciendo que otro día había de volver al duro ejer-
cicio de las armas, y que no podía llevar consigo guardarropas ni reposterías.
Sancho sí tomó el que le dieron, con intención de venderle en la primera oca-
sión que pudiese.
Llegado, pues, el esperado día, armose don Quijote, vistiose Sancho, y
encima de su rucio, que no le quiso dejar, aunque le daban un caballo, se metió
entre la tropa de los monteros; la duquesa salió bizarramente aderezada, y don
Quijote, de puro cortés y comedido, tomó la rienda de su palafrén, aunque el
duque no quería consentirlo, y, finalmente, llegaron a un bosque que entre dos
altísimas montañas estaba, donde, tomados los puestos, paranzas y veredas, y
repartida la gente por diferentes puestos, se comenzó la caza con grande
estruendo, grita y vocería, de manera, que unos a otros no podían oírse, así por
el ladrido de los perros, como por el son de las bocinas. Apeose la duquesa, y
con un agudo venablo en las manos, se puso en un puesto por donde ella sabía
que solían venir algunos jabalíes. Apeose asimismo el duque y don Quijote y
pusiéronse a sus lados; Sancho se puso detrás de todos, sin apearse del rucio,
a quien no osara desamparar porque no le sucediese algún desmán.

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