MIGUEL DE CERVANTES
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un muchacho, y con las dos ya dichas doncellas, se vino adonde don Quijote
estaba, al cual mandó hincar de rodillas, y, leyendo en su manual como que
decía alguna devota oración, en mitad de la leyenda alzó la mano y diole sobre
el cuello un buen golpe y, tras él, con su misma espada, un gentil espaldarazo,
siempre murmurando entre dientes, como que rezaba. Hecho esto, mandó a
una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha
desenvoltura y discreción, porque no fue menester poca para no reventar de
risa a cada punto de las ceremonias; pero las proezas que ya habían visto del
novel caballero les tenía la risa a raya.
Al ceñirle la espada, dijo la buena señora:
--Dios haga a vuestra merced muy venturoso caballero y le dé ventura en
lides.
Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí ade-
lante a quien quedaba obligado por la merced recibida, porque pensaba darle
alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió
con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón
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natural de Toledo, que vivía a las Tendillas de Sancho Bienaya12, y que, donde-
quiera que ella estuviese, le serviría y le tendría por señor. Don Quijote le repli-
có que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante se pusiese don, y
se llamase doña Tolosa. Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la
cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada. Preguntole su
nombre, y dijo que se llamaba la Molinera, y que era hija de un honrado moli-
nero de Antequera; a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don, y
se llamase doña Molinera, ofreciéndole nuevos servicios y mercedes.
Hechas, pues, de galope y aprisa, las hasta allí nunca vistas ceremonias, no
vio la hora don Quijote de verse a caballo y salir buscando las aventuras, y, ensi-
llando luego a Rocinante, subió en él, y abrazando a su huésped, le dijo cosas
tan extrañas, agradeciéndole la merced de haberle armado caballero, que no
es posible acertar a referirlas. El ventero, por verle ya fuera de la venta, con no
menos retóricas, aunque con más breves palabras, respondió a las suyas, y, sin
pedirle la costa de la posada, le dejó ir a la buen hora.


CAPÍTUL O IV
CAPÍTUL O I V

De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta

La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta, tan contento, tan
gallardo, tan alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reven-
taba por las cinchas del caballo. Mas, viniéndole a la memoria los consejos de
su huésped cerca de las prevenciones tan necesarias que había de llevar consi-
go, especial la de los dineros y camisas, determinó volver a su casa y acomo-
darse de todo, y de un escudero, haciendo cuenta de recibir a un labrador veci-
no suyo, que era pobre y con hijos, pero muy a propósito para el oficio escu-
deril de la caballería. Con este pensamiento guió a Rocinante hacia su aldea, el
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12 O de Sancho Minaya. La calle existe hoy en Toledo, entre la Plaza de San Vicente y
la Plaza de las Capuchinas.

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