DON QUIJOTE DE LA MANCHA 521

sólo por las barbas, mas por todo el rostro y por los ojos del obediente caballe-
ro, tanto que se los hicieron cerrar por fuerza.
El duque y la duquesa, que de nada desto eran sabidores, estaban espe-
rando en qué había de parar tan extraordinario lavatorio. La doncella barbera,
cuando le tuvo con un palmo de jabonadura, fingió que se le había acabado el
agua, y mandó a la del aguamanil fuese por ella; que el señor don Quijote espe-
raría. Hízolo así, y quedó don Quijote con la más estraña figura y más para
hacer reír que se pudiera imaginar. Mirábanle todos los que presentes estaban,
que eran muchos, y como le veían con media vara de cuello, más que media-
namente moreno, los ojos cerrados y las barbas llenas de jabón, fue gran mara-
villa y mucha discreción poder disimular la risa; las doncellas de la burla tenían
los ojos bajos, sin osar mirar a sus señores; a ellos les retozaba la cólera y la risa
en el cuerpo, y no sabían a qué acudir: o a castigar el atrevimiento de las
muchachas, o darles premio por el gusto que recibían de ver a don Quijote de
aquella suerte.
Finalmente, la doncella del aguamanil vino y acabaron de lavar a don
Quijote, y luego la que traía las toallas le limpió y le enjugó muy reposadamen-
te, y, haciéndole todas cuatro a la par una grande y profunda inclinación y reve-
rencia, se querían ir, pero el duque, porque don Quijote no cayese en la burla,
llamó a la doncella de la fuente, diciéndole:
--Venid y lavadme a mí, y mirad que no se os acabe el agua.
La muchacha, aguda y diligente, llegó y puso la fuente al duque como a
don Quijote, y, dándose prisa, le lavaron y jabonaron muy bien, y, dejándole
enjuto y limpio, haciendo reverencias, se fueron; después se supo que había
jurado el duque que si a él no le lavaran como a don Quijote había de castigar
su desenvoltura, lo cual habían enmendado discretamente con haberle a él
jabonado.
Estaba atento Sancho a las ceremonias de aquel lavatorio, y dijo entre sí:
--¡Válame Dios! ¿Si será también usanza en esta tierra lavar las barbas a
los escuderos como a los caballeros? Porque en Dios y en mi ánima que lo he
bien menester, y aun que si me las rapasen a navaja, lo tendría a más benefi-
cio.
--¿Qué decís entre vos, Sancho? --preguntó la duquesa.
--Digo, señora --respondió él--, que en las cortes de los otros príncipes
siempre he oído decir que en levantando los manteles dan agua a las manos,
pero no lejía a las barbas; y que por eso es bueno vivir mucho por ver mucho,
aunque también dicen que el que larga vida vive mucho mal ha de pasar, pues-
to que pasar por un lavatorio de estos antes es gusto que trabajo.
--No tengáis pena, amigo Sancho --dijo la duquesa--, que yo haré que
mis doncellas os laven, y aun os metan en colada, si fuere menester.
--Con las barbas me contento --respondió Sancho--, por ahora a lo
menos; que andando el tiempo, Dios dijo lo que será.
--Mirad, maestresala --dijo la duquesa--, lo que el buen Sancho pide, y
cumplidle su voluntad al pie de la letra.
El maestresala respondió que en todo sería servido el señor Sancho, y, con
esto, se fue a comer y llevó consigo a Sancho, quedándose a la mesa los
duques y don Quijote hablando en muchas y diversas cosas pero todas tocan-
tes al ejercicio de las armas y de la andante caballería. La duquesa rogó a don

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