DON QUIJOTE DE LA MANCHA 59
sidad de maestro que le curara. Hecho esto, recogió sus armas y tornó a pase-
arse con el mismo reposo que primero.
Desde allí a poco, sin saberse lo que había pasado porque aún estaba atur-
dido el arriero, llegó otro con la misma intención de dar agua a sus mulos y,
llegando a quitar las armas para desembarazar la pila, sin hablar don Quijote
palabra y sin pedir favor a nadie, soltó otra vez la adarga y alzó otra vez la lanza
y, sin hacerla pedazos, hizo más de tres la cabeza del segundo arriero porque
se la abrió por cuatro. Al ruido acudió toda la gente de la venta, y entre ellos
el ventero. Viendo esto don Quijote, embrazó su adarga y, puesta mano a su
espada, dijo:
--¡Oh señora de la fermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío,
ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballe-
ro que tamaña aventura está atendiendo!
Con esto cobró, a su parecer, tanto ánimo que, si le acometieran todos los
arrieros del mundo, no volviera el pie atrás. Los compañeros de los heridos, que
tales los vieron, comenzaron desde lejos a llover piedras sobre don Quijote, el
cual, lo mejor que podía, se reparaba con su adarga y no se osaba apartar de la
pila por no desamparar las armas. El ventero daba voces que le dejasen, porque
ya les había dicho cómo era loco, y que por loco se libraría aunque los matase
a todos. También don Quijote las daba mayores, llamándolos de alevosos y trai-
dores, y que el señor del castillo era un follón y mal nacido caballero, pues de
tal manera consentía que se tratasen los andantes caballeros, y que si él hubie-
ra recebido la orden de caballería, que él le diera a entender su alevosía:
--Pero de vosotros, soez y baja canalla, no hago caso alguno. ¡Tirad, lle-
gad, venid y ofendedme en cuanto pudiéredes; que vosotros veréis el pago que
lleváis de vuestra sandez y demasía!
Decía esto con tanto brío y denuedo que infundió un terrible temor en los
que le acometían, y así, por esto como por las persuasiones del ventero, le deja-
ron de tirar, y él dejó retirar a los heridos y tornó a la vela de sus armas con la
misma quietud y sosiego que primero.
No le parecieron bien al ventero las burlas de su huésped, y determinó
abreviar y darle la negra orden de caballería luego, antes que otra desgracia
sucediese. Y así, llegándose a él, se disculpó de la insolencia que aquella gente
baja con él había usado, sin que él supiese cosa alguna, pero que bien casti-
gados quedaban de su atrevimiento. Díjole, como ya le había dicho, que en
aquel castillo no había capilla, y para lo que restaba de hacer tampoco era
necesaria; que todo el toque de quedar armado caballero consistía en la pes-
cozada y en el espaldarazo, según él tenía noticia del ceremonial de la orden,
y que aquello en mitad de un campo se podía hacer, y que ya había cumplido
con lo que tocaba al velar de las armas, que con solas dos horas de vela se cum-
plía, cuanto más que él había estado más de cuatro.
Todo se lo creyó don Quijote y dijo que él estaba allí pronto para obe-
decerle, y que concluyese con la mayor brevedad que pudiese; porque, si
fuese otra vez acometido y se viese armado caballero, no pensaba dejar per-
sona viva en el castillo, excepto aquellas que él le mandase, a quien por su
respeto dejaría.
Advertido y medroso de esto el castellano, trajo luego un libro donde asen-
taba la paja y cebada que daba a los arrieros, y con un cabo de vela que le traía
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