DON QUIJOTE DE LA MANCHA 511

de hinojos; levantaos, amigo, y decid a vuestro señor que venga mucho en hora
buena a servirse de mí y del duque, mi marido, en una casa de placer que aquí
tenemos.
Levantose Sancho, admirado así de la hermosura de la buena señora como
de su mucha crianza y cortesía, y más de lo que había dicho que tenía noticia
de su señor el Caballero de la Triste Figura, y que, si no le había llamado el de
los Leones, debía de ser por habérsele puesto tan nuevamente. Preguntole la
duquesa (cuyo título aún no se sabe):
--Decidme, hermano escudero, este vuestro señor, ¿no es uno de quien
anda impresa una historia que se llama del Ingenioso Hidalgo don Quijote de
la Mancha, que tiene por señora de su alma a una tal Dulcinea del Toboso?
--El mesmo es, señora --respondió Sancho--, y aquel escudero suyo que
anda, o debe de andar, en la tal historia, a quien llaman Sancho Panza, soy
yo, si no es que me trocaron en la cuna, quiero decir que me trocaron en la
estampa.
--De todo eso me huelgo yo mucho --dijo la duquesa--; id, hermano
Panza, y decid a vuestro señor que él sea el bien llegado y el bien venido a mis
estados, y que ninguna cosa me pudiera venir que más contento me diera.
Sancho, con esta tan agradable respuesta, con grandísimo gusto volvió a
su amo, a quien contó todo lo que la gran señora le había dicho, levantando
con sus rústicos términos a los cielos su mucha fermosura, su gran donaire y
cortesía. Don Quijote se gallardeó en la silla; púsose bien en los estribos, aco-
modose la visera, arremetió a Rocinante y con gentil denuedo fue a besar las
manos a la duquesa; la cual, haciendo llamar al duque, su marido, le contó, en
tanto que don Quijote llegaba, toda la embajada suya, y los dos, por haber
leído la primera parte desta historia y haber entendido por ella el disparatado
humor de don Quijote, con grandísimo gusto y con deseo de conocerle, le
atendían, con prosupuesto de seguirle el humor y conceder con él en cuanto
les dijese, tratándole como a caballero andante los días que con ellos se detu-
viese, con todas las ceremonias acostumbradas en los libros de caballerías que
ellos habían leído, y aun les eran muy aficionados.
En esto, llegó don Quijote, alzada la visera, y, dando muestras de apearse,
acudió Sancho a tenerle el estribo; pero fue tan desgraciado que, al apearse del
rucio, se le asió un pie en una soga del albarda, de tal modo que no fue posi-
ble desenredarle, antes quedó colgado dél con la boca y los pechos en el suelo.
Don Quijote, que no tenía en costumbre apearse sin que le tuviesen el estribo,
pensando que ya Sancho había llegado a tenérsele, descargó de golpe el cuer-
po y llevose tras sí la silla de Rocinante, que debía de estar mal cinchado, y la
silla y él vinieron al suelo, no sin vergüenza suya y de muchas maldiciones que
entre dientes echó al desdichado de Sancho que aún todavía tenía el pie en la
corma.
El duque mandó a sus cazadores que acudiesen al caballero y al escudero,
los cuales levantaron a don Quijote maltrecho de la caída, y, renqueando y
como pudo, fue a hincar las rodillas ante los dos señores; pero el duque no lo
consintió en ninguna manera; antes, apeándose de su caballo, fue a abrazar a
don Quijote, diciéndole:
--A mí me pesa, señor Caballero de la Triste Figura, que la primera que

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