MIGUEL DE CERVANTES
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pequeña llena de ungüentos para curar las heridas que recibían, porque no
todas veces en los campos y desiertos, donde se combatían y salían heridos,
había quien los curase, si ya no era que tenían algún sabio encantador por
amigo, que luego los socorría, trayendo por el aire, en alguna nube, alguna
doncella o enano con alguna redoma de agua de tal virtud que, en gustando
alguna gota de ella, luego al punto quedaban sanos de sus llagas y heridas,
como si mal alguno hubiesen tenido; mas que, en tanto que esto no hubiese,
tuvieron los pasados caballeros por cosa acertada que sus escuderos fuesen
proveídos de dineros y de otras cosas necesarias, como eran hilas y ungüentos
para curarse; y cuando sucedía que los tales caballeros no tenían escuderos,
que eran pocas y raras veces, ellos mismos lo llevaban todo en unas alforjas
muy sutiles, que casi no se parecían, a las ancas del caballo, como que era otra
cosa de más importancia; porque, no siendo por ocasión semejante, esto de lle-
var alforjas no fue muy admitido entre los caballeros andantes, y por esto le
daba por consejo, pues aun se lo podía mandar como a su ahijado, que tan
presto lo había de ser, que no caminase de allí adelante sin dineros y sin las pre-
venciones referidas, y que vería cuán bien se hallaba con ellas, cuando menos
se pensase.
Prometiole don Quijote de hacer lo que se le aconsejaba con toda pun-
tualidad. Y, así, se dio luego orden como velase las armas en un corral grande
que a un lado de la venta estaba, y, recogiéndolas don Quijote todas, las puso
sobre una pila que junto a un pozo estaba. Y, embrazando su adarga, asió de
su lanza, y con gentil continente se comenzó a pasear delante de la pila, y,
cuando comenzó el paseo, comenzaba a cerrar la noche.
Contó el ventero a todos cuantos estaban en la venta la locura de su hués-
ped, la vela de las armas y la armazón de caballería que esperaba. Admiráronse
de tan extraño género de locura y fuéronselo a mirar desde lejos, y vieron que,
con sosegado ademán, unas veces se paseaba, otras, arrimado a su lanza,
ponía los ojos en las armas, sin quitarlos por un buen espacio de ellas. Acabó
de cerrar la noche, pero con tanta claridad de la luna que podía competir con
el que se la prestaba; de manera, que cuanto el novel caballero hacía era bien
visto de todos.
Antojósele en esto a uno de los arrieros que estaban en la venta ir a dar
agua a su recua, y fue menester quitar las armas de don Quijote, que estaban
sobre la pila, el cual, viéndole llegar, en voz alta le dijo:
--¡Oh tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a tocar las
armas del más valeroso andante que jamás se ciñó espada, mira lo que haces
y no las toques, si no quieres dejar la vida en pago de tu atrevimiento!
No se curó el arriero de estas razones, y fuera mejor que se curara, porque
fuera curarse en salud; antes, trabando de las correas, las arrojó gran trecho de
sí. Lo cual visto por don Quijote, alzó los ojos al cielo y, puesto el pensamien-
to, a lo que pareció, en su señora Dulcinea, dijo:
--Acorredme, señora mía, en esta primera afrenta que a este vuestro ava-
sallado pecho se le ofrece; no me desfallezca en este primero trance vuestro
favor y amparo.
Y, diciendo estas y otras semejantes razones, soltando la adarga, alzó la
lanza a dos manos y dio con ella tan gran golpe al arriero en la cabeza que le
derribó en el suelo, tan maltrecho que, si segundara con otro, no tuviera nece-
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