DON QUIJOTE DE LA MANCHA 501
tomar las armas; pero tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa
y pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo razo-
nable discurso, cuanto más que el tomar venganza injusta, que justa no puede
haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que profesamos,
en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y que ame-
mos a los que nos aborrecen, mandamiento que, aunque parece algo dificul-
toso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de Dios que del
mundo y más de carne que de espíritu; porque Jesucristo, Dios y hombre ver-
dadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador nuestro,
dijo que su yugo era suave y su carga liviana, y, así, no nos había de mandar
cosa que fuese imposible el cumplirla. Así que, mis señores, vuesas mercedes
están obligados por leyes divinas y humanas a sosegarse.
--El diablo me lleve --dijo a esta sazón Sancho entre sí--, si este mi amo
no es tólogo, y si no lo es, que lo parece como un güevo a otro.
Tomó un poco de aliento don Quijote, y, viendo que todavía le prestaban
silencio, quiso pasar adelante en su plática, como pasara si no se pusiera en
medio la agudeza de Sancho, el cual, viendo que su amo se detenía, tomó la
mano por él, diciendo:
--Mi señor don Quijote de la Mancha, que un tiempo se llamó «el
Caballero de la Triste Figura» y ahora se llama «el Caballero de los Leones», es
un hidalgo muy atentado que sabe latín y romance como un bachiller, y en
todo cuanto trata y aconseja procede como muy buen soldado, y tiene todas
las leyes y ordenanzas de lo que llaman el duelo en la uña, y así no hay más
que hacer sino dejarse llevar por lo que él dijere, y sobre mí si lo erraren; cuan-
to más que ello se está dicho que es necedad correrse por solo oír un rebuzno;
que yo me acuerdo, cuando muchacho, que rebuznaba cada y cuando que se
me antojaba, sin que nadie me fuese a la mano, y con tanta gracia y propie-
dad, que en rebuznando yo, rebuznaban todos los asnos del pueblo, y no por
eso dejaba de ser hijo de mis padres, que eran honradísimos; y aunque por esta
habilidad era invidiado de más de cuatro de los estirados de mi pueblo, no se
me daba dos ardites. Y porque se vea que digo verdad, esperen y escuchen;
que esta ciencia es como la del nadar que, una vez aprendida, nunca se olvida.
Y luego, puesta la mano en las narices, comenzó a rebuznar tan reciamen-
te, que todos los cercanos valles retumbaron. Pero uno de los que estaban
junto a él, creyendo que hacia burla dellos, alzó un varapalo que en la mano
tenía y diole tal golpe con él, que sin ser poderoso a otra cosa, dio con Sancho
Panza en el suelo. Don Quijote, que vio tan mal parado a Sancho, arremetió al
que le había dado, con la lanza sobre mano; pero fueron tantos los que se
pusieron en medio, que no fue posible vengarle; antes, viendo que llovía sobre
él un nublado de piedras y que le amenazaban mil encaradas ballestas y no
menos cantidad de arcabuces, volvió las riendas a Rocinante, y a todo lo que
su galope pudo se salió de entre ellos, encomendándose de todo corazón a
Dios, que de aquel peligro le librase, temiendo a cada paso no le entrase algu-
na bala por las espaldas y le saliese al pecho, y a cada punto recogía el aliento,
por ver si le faltaba 168.
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168 Don Quijote, ante una situación de peligro real, huye cobardemente o siente
miedo y se estremece. Lo cual se repetirá en varias ocasiones a partir de ahora.
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