DON QUIJOTE DE LA MANCHA 57
armar caballero, y esta noche en la capilla deste vuestro castillo velaré las
armas, y mañana, como tengo dicho, se cumplirá lo que tanto deseo, para
poder, como se debe, ir por todas las cuatro partes del mundo buscando las
aventuras en pro de los menesterosos, como está a cargo de la caballería y de
los caballeros andantes, como yo soy, cuyo deseo a semejantes fazañas es incli-
nado.
El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos
barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó
de oírle semejantes razones, y, por tener que reír aquella noche, determinó de
seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y
pedía, y que tal presupuesto era propio y natural de los caballeros tan princi-
pales como él parecía y como su gallarda presencia mostraba; y que él, asimis-
mo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio,
andando por diversas partes del mundo buscando sus aventuras, sin que hubie-
se dejado los Percheles de Málaga, Islas de Riarán, Compás de Sevilla, Azoguejo
de Segovia, la Olivera de Valencia, Rondilla de Granada, Playa de Sanlúcar,
Potro de Córdoba y las Ventillas de Toledo11 , y otras diversas partes, donde
había ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo
muchos tuertos, recuestando muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y
engañando a algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por cuantas
audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se había
venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las aje-
nas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y
condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía, y porque partie-
sen con él de sus haberes en pago de su buen deseo.
Díjole también que en aquel su castillo no había capilla alguna donde
poder velar las armas, porque estaba derribada para hacerla de nuevo; pero
que, en caso de necesidad, él sabía que se podían velar dondequiera, y que
aquella noche las podría velar en un patio del castillo; que, a la mañana, sien-
do Dios servido, se harían las debidas ceremonias, de manera que él quedase
armado caballero, y tan caballero, que no pudiese ser más en el mundo.
Preguntole si traía dineros; respondió don Quijote que no traía blanca, por-
que él nunca había leído en las historias de los caballeros andantes que ningu-
no los hubiese traído. A esto dijo el ventero que se engañaba; que, puesto caso
que en las historias no se escribía, por haberles parecido a los autores de ellas
que no era menester escribir una cosa tan clara y tan necesaria de traerse como
eran dineros y camisas limpias, no por eso se había de creer que no los traje-
ron; y así, tuviese por cierto y averiguado que todos los caballeros andantes, de
que tantos libros están llenos y atestados, llevaban bien herradas las bolsas por
lo que pudiese sucederles, y que asimismo llevaban camisas y una arqueta
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11 Todas son calles y plazas de esas ciudades frecuentadas por pícaros. Por ejemplo,
las Ventillas debió de ser el barrio de la entrada a Toledo desde Madrid, antes de
llegar a la puerta de Bisagra, en la carrera que linda con el Hospital de Afuera, cer-
cano a la Vega. Lope de Vega, en La doncella Teodor, dice: «Pero ella debe de estar
/ en la Vega o las Ventillas, / en la huerta o las Vistillas / tratando de merendar».
Que allí se bebía y que estaba frecuentado por rufianes se deduce por otro texto del
Rufián dichoso del propio Cervantes: «En Toledo, en las Ventillas, / con siete ter-
ciopeleros, / él hecho zaque, ellos cueros, / le vide hacer maravillas».
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