MIGUEL DE CERVANTES
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A dicha acertó a ser viernes aquel día, y no había en toda la venta sino unas
raciones de un pescado que en Castilla llaman abadejo, y en Andalucía baca-
lao, y en otras partes curadillo, y en otras truchuela. Preguntáronle si, por ven-
tura, comería su merced truchuela; que no había otro pescado que darle a
comer.
--Como haya muchas truchuelas --respondió don Quijote--, podrán ser-
vir de una trucha; porque eso se me da que me den ocho reales en sencillos,
que en una pieza de a ocho. Cuanto más que podría ser que fuesen estas tru-
chuelas como la ternera, que es mejor que la vaca, y el cabrito que el cabrón.
Pero, sea lo que fuere, venga luego, que el trabajo y peso de las armas no se
puede llevar sin el gobierno de las tripas.
Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta por el fresco, y trájole el hués-
ped una porción del mal remojado y peor cocido bacalao y un pan tan negro y
mugriento como sus armas; pero era materia de grande risa verle comer, por-
que, como tenía puesta la celada y alzada la visera, no podía poner nada en la
boca con sus manos si otro no se lo daba y ponía, y así, una de aquellas seño-
ras servía de este menester. Mas al darle de beber, no fue posible, ni lo fuera
si el ventero no horadará una caña, y, puesto el un cabo en la boca, por el otro
le iba echando el vino; y todo esto lo recibía en paciencia, a trueco de no rom-
per las cintas de la celada.
Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de puercos y, así como
llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco veces, con lo cual acabó de con-
firmar don Quijote que estaba en algún famoso castillo y que le servían con
música, y que el abadejo eran truchas, el pan candeal, y las rameras damas, y
el ventero castellano del castillo; y con esto daba por bien empleada su deter-
minación y salida. Mas lo que más le fatigaba era el no verse armado caballe-
ro, por parecerle que no se podría poner legítimamente en aventura alguna sin
recibir la orden de caballería.


CAPÍTULO III
CAPÍ TULO I I I

Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo
don Quijote en armarse caballero

Y así, fatigado de este pensamiento, abrevió su venteril y limitada cena. La
cual acabada, llamó al ventero y, encerrándose con él en la caballeriza, se hincó
de rodillas ante él diciéndole:
--No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso caballero, fasta que la
vuestra cortesía me otorgue un don que pedirle quiero, el cual redundará en
alabanza vuestra y en pro del género humano.
El ventero, que vio a su huésped a sus pies y oyó semejantes razones, esta-
ba confuso mirándole sin saber qué hacerse ni decirle, y porfiaba con él que se
levantase, y jamás quiso, hasta que le hubo de decir que él le otorgaba el don
que le pedía.
--No esperaba yo menos de la gran magnificencia vuestra, señor mío --
respondió don Quijote--, y así os digo que el don que os he pedido, y de vues-
tra liberalidad me ha sido otorgado, es que mañana en aquel día me habéis de

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