DON QUIJOTE DE LA MANCHA 481
que no me cansase en ello, porque sería en balde, y más, porque se llegaba la
hora donde me convenía volver a salir de la sima. Díjome asimesmo que andan-
do el tiempo se me daría aviso cómo habían de ser desencantados él y Belerma
y Durandarte, con todos los que allí estaban; pero lo que más pena me dio de
las que allí vi y noté, fue que estándome diciendo Montesinos estas razones, se
llegó a mí por un lado, sin que yo la viese venir, una de las dos compañeras de
la sin ventura Dulcinea, y llenos los ojos de lágrimas, con turbada y baja voz me
dijo: «Mi señora Dulcinea del Toboso besa a vuestra merced las manos, y supli-
ca a vuestra merced se la haga de hacerla saber cómo está; y que, por estar en
una gran necesidad asimismo suplica a vuestra merced, cuan encarecidamente
puede, sea servido de prestarle sobre este faldellín que aquí traigo, de coto-
nía15 3, nuevo, media docena de reales, o los que vuestra merced tuviere; que
ella da su palabra de volvérselos con mucha brevedad». Suspendiome y admi-
rome el tal recado, y, volviéndome al señor Montesinos, le pregunté: «¿Es posi-
ble, señor Montesinos, que los encantados principales padecen necesidad?» A
lo que él me respondió: «Créame vuestra merced, señor don Quijote de la
Mancha, que esta que llaman necesidad adonde quiera se usa, y por todo se
estiende y a todos alcanza, y aun hasta los encantados no perdona; y pues la
señora Dulcinea del Toboso envía a pedir esos seis reales y la prenda es buena,
según parece, no hay sino dárselos; que sin duda debe de estar puesta en algún
grande aprieto». «Prenda, no la tomaré yo --le respondí-- ni menos le daré lo
que pide, porque no tengo sino solos cuatro reales». Los cuales le di, que fue-
ron los que tú, Sancho, me diste el otro día para dar limosna a los pobres que
topase por los caminos, y le dije: «Decid, amiga mía, a vuesa señora, que a mí
me pesa en el alma de sus trabajos, y que quisiera ser un Fúcar154 para reme-
diarlos; y que le hago saber que yo no puedo ni debo tener salud, careciendo
de su agradable vista y discreta conversación, y que le suplico cuan encarecida-
mente puedo, sea servida su merced de dejarse ver y tratar deste su cautivo ser-
vidor y asendereado caballero. Diréisle también que cuando menos se lo pien-
se oirá decir como yo he hecho un juramento y voto, a modo de aquel que hizo
el marqués de Mantua, de vengar a su sobrino Baldovinos cuando le halló para
espirar en mitad de la montiña, que fue de no comer pan a manteles, con las
otras zarandajas que allí añadió, hasta vengarle; y así le haré yo de no sosegar
y de andar las siete partidas del mundo, con más puntualidad que las anduvo
el infante don Pedro de Portugal, hasta desencantarla». «Todo eso y más debe
vuestra merced a mi señora» --me respondió la doncella--; y tomando los cua-
tro reales, en lugar de hacerme una reverencia, hizo una cabriola, que se levan-
tó dos varas de medir en el aire.
--¡Oh santo Dios! --dijo a este tiempo dando una gran voz Sancho, --¿es
posible que tal hay en el mundo y que tengan en el tanta fuerza los encanta-
dores y encantamentos, que hayan trocado el buen juicio de mi señor en una
tan disparatada locura? ¡Oh señor, señor!; por quien Dios es, que vuestra mer-
ced mire por sí y vuelva por su honra, y no dé crédito a esas vaciedades que le
tienen menguado y descabalado el sentido.
--Como me quieres bien, Sancho, hablas desa manera --dijo don
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153 cotonía: tela de algodón.
154 Son los banqueros suizos (Fugger) que explotaban las minas de mercurio de
Almadén.
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